Gratitud / Relatos 4 de 52

52 semanas/52 relatos (semana 4)

» La gratitud abre la riqueza en la vida. Convierte lo que tenemos en suficiente, y más. Convierte la negación en aceptación, el caos en orden, la confusión en claridad. Puede convertir una comida en un banquete, una casa en un hogar, un extraño en un amigo»

Melody Beattie

Creo en la virtud y el poder de las citas que te esclarecen. Esta, de Melody Beattie, me abrió los sesos y el corazón a lo mucho por lo que estoy agradecida en la vida: mi familia, el oasis de mi casa, mi salud, el pan, mi nuevo trabajo, el sol, la luna, los ríos…pero también por esos pasajes oscuros, como el tiempo del desempleo, el confinamiento de la pandemia, la soledad de mi casa, la incertidumbre de un futuro.

Es verdad que, sumida en el dolor y la confusión, decir algo como «Gracias universo, gracias Dios, por este (puñalada trapera, caos, pandemia, desempleo) que me mandas», me sentí masoquista, ilusa y hasta un poco hipócrita.

Pataleé en la oscuridad, en el encierro de cuatro paredes, mirando la nieve, lejos de todos. Sin embargo, si hay algo que esta pandemia me ha regalado es el tiempo del freno. Ha sido parar (a veces, obligada) y repensar lo que quiero ser, hacia adonde voy, aunque no esté del todo claro. Entonces, tomé un respiro y comencé algunas cosas nuevas; unas funcionaron, otras fueron un total desastre. Pero fueron como experimentos de laboratorio sobre las cuales estoy construyendo una nueva Erika. Con mucha resistencia inicial, he llegado a albergar la certeza absoluta en el proceso de esas pruebas, no siempre en el resultado, sino en la percepción de las cosas y en mi camino hacia el resultado. Muchos gritos en mi almohada me ha costado llegar a decir, It’s OK.

Por lo más increíble fue que ahí, en esos instantes más negros y punzantes, la gratitud tuvo un efecto casi mágico, como de alquimia, que transformó mi oscuridad en una experiencia de luz, que me levantó el peso que llevaba en las entrañas y que me renovó a esa guerrera cansada que llevaba dentro. Dar gracias todos los días por todo, cambia las frecuencias, aunque suene medio alienígena zen. Quiero decir que me siento más sabia, más humilde, pero, sobre todo más dispuesta, pero creo que las palabras que más me definen hoy son Fluida y Agradecida.

¿Cuáles son las cosas por las que estás agradecid@ hoy?

Reto Ray Bradbury/ Semana 3

Génesis/ Relato 3 de 52

52 semanas/52 relatos (Semana 3)

…Y, en el último día de la Creación, Dios vio que todo cuanto había hecho en los seis días que llevaba armando y desarmado el Universo, era bueno. La satisfacción le iba saltando por dentro, pero, el júbilo de la tarea bien hecha, se le pasó veloz. Algunos torrentes indefinidos de vacío le agobiaban la existencia y le robaban la placidez que tanto había esperado. Siempre creyó que, con el cumplimiento del deber, lo demás sería reír y cantar.

Así que, atendiendo los consejos de la Corte Celestial, puso las obligaciones a un lado y se entregó al ocio de un rellano bien merecido.  Hundió las manos en el barro y el lujo terrenal de la greda le revoloteó en el cuerpo. Al principio era sólo arcilla, una mera forma elemental. Pero el revoltijo calcáreo, que nació del universo mismo, cobró una existencia que le trepidó contenta en los dedos.

Entones, Ella creó a Eva a su imagen y semejanza: ígnea, pétrea, fuerte. La lanzó al mundo para que saliera a poblarlo de ella misma, a conquistarlo, a ganarlo. Fue muy fácil concebirla, pues ya la tenía fraguada en la mente y en el espíritu desde el inicio de todos los tiempos. Le estaba gustando todo aquello de crear y se le ocurrió seguir divirtiéndose con el arte, pues aún le mariposeaban las manos. Le vino a la mente otro concepto, más etéreo, pero más embrollado: Adán.  Pensó sacarlo de una costilla de Eva para que ella tuviese una cintura más definida y seductora, pero trocear la perfección era varonilmente brutal. Así que Dios tomó otro taco de barro y respiró hondo como quien reconoce en la creación los dolores de parto y los temblores del querer.

¡Ay, carajo! este Adán que se asomaba del amasijo…, este Adán era otra cosa. Con cierta turbación, Ella moldeó los contornos del monolito fiero a ojos cerrados, pero a espíritu abierto. Con la paciencia de la lluvia infinita, las agrestes líneas de su escultura se iban definiendo y le dejaron huellas imborrables que tardarían milenios en desvanecerse.

Trabajaba su talla con el corazón encabritado, pero sin herramientas, sólo las manos en carne viva, no se le fuera a extraviar el tacto orgánico de lo que comenzaba a gozar. Descubría en la imagen, la comunión de los elementos en la roca amalgamada con agua bendita que a fuego emergería para Ella, mientras lo henchía del soplo de vida que tanto les urgía a ambos. Gloriosos temblores le latían en el vientre y la arrastraban en una divina espiral descontrolada. Imaginarlo temerario la dejaba cansada; tallarlo potente la hacía morir mil veces.

Rozó por última vez los pliegues húmedos del hombre de roca y aspiró el perfume de la tierra que la anclaba a su dueño mineral. Se limpió las manos en su delantal de nubes con la lentitud de quien desea que el tiempo se vuelva sólido. Miró a Adán desde todos los ángulos posibles y precisamente en las rugosidades encontró un cierto esplendor en su obra, pues las pasiones celestiales, como las grandiosas obras de arte, siempre son inconclusas. Cerró la puerta del horno y la embargó la nostalgia inmisericorde de lo terminado, sintió la soledad del tacto y padeció el olvido de la creación. Pero aceptó el efímero instante de un ardor del cual siempre se creyó incapaz.

En el abismo inflamado de la piedra, Adán susurró, llamándola. Y entonces, Ella lo escuchó.

Reto Ray Bradbury/ Semana 2

Canas al aire / Relato 1 de 52

52 semanas/52 relatos (Semana 1)

«Las mujeres se vuelven radicales con la edad. Quizás, algún día, un ejército de canosas tomará el mando del mundo calladamente»

Gloria Steinem

Malú juraba que el cabello borgoña le sentaba. Se sentía fuego puro, una guerrera en control total de su cuerpo, aunque las hormonas le traicionaran. El rojo le camuflaba las arrugas y los párpados caídos. Siendo pelirroja de cajita, cada seis semanas se sometía a la travesía innecesaria de teñirse el cabello. Cada raíz blanca era un grito, un recordar que iba para vieja, que no podía dejar de llevar el mundo sobre los hombros. Esa máscara había sido su de fortaleza, aun cuando llorara en las noches. Pero, estaba cansada y ya había decidido dejarse las canas. Costara lo que costara.

Una noche, el costo de una mentira llegó al teléfono de su marido. Malú se revolcó en el piso y quiso emborracharse de los químicos otra vez, buscando quitarse esa facha de zorrillo pelirrojo. En los siguientes días Malú se paseaba por los pasillos de la farmacia y mirando sobre el hombro, acariciaba las caja de tintes rojos y negros. En su desespero había considerado hasta los azules y verdes, creyendo que su arsenal contra con una demonia, joven y audaz, era limitado y quizás, obsoleto.

Entró casi arrastrándose a la peluquería como un adicto con síndrome de abstinencia. Píntamelo todo; quítame las canas, lloró con rencor. Con la presencia de un abuelo sabio, aunque podía ser su hijo, el estilista la abrazó y le soltó una verdad mayor: Malú, en un tiempo en que envejecer es un miedo, hay que hacerlo un privilegio. El estilista le hizo desaparecer el rojo con unas mechitas reflejos, algo parecido a las canas que hizo que sus líneas se difuminaran. Malú se sintió más suave, aunque su mirada aun tenía el brillo fiero. Su expresión era más noble, había menos lucha, más bondad; menos apariencia, más autenticidad. No había tapado el fuego con el gris de las cenizas. Eran las trizas de plata de un fénix que renacía.

Malú salió de la peluquería con la frente en alto, sin más necesidad que de ella misma. En su nuevo espacio asintió con una sonrisa, mientras los demás se peleaban por su pedazo del mundo. Su revolución ahora era suave y callada, estaba en paz y era libre son sus canas al aire.


Ray Bradbury Semana 2