COMENZAR

“Pocos escritores realmente saben lo que están haciendo, hasta que lo hacen”

Anne Lammott

Muchas cosas te han sucedido: logros, llamados, amor, desilusión, bancarrota, alcohol o drogas, gordura o anorexia. Y, aunque parecen lejanos, los llevas en medio del pecho. De pronto, piensas que hay la posibilidad de una historia. Ese deseo de escribir te ha sido plantado por alguna razón. Deja que tu instinto te guíe, suéltate a la curiosidad, pues mientras te atrevas a crear y a afirmar, gastarás menos tiempo en aquello que te roba la energía y la autoestima.

Como el héroe que regresa a casa con el tesoro, es tu momento de compartir la sabiduría que lograste en tu travesía.

Por ahora, solo vamos a tocar las ideas y las ganas. Cero estructura y técnica literaria; por ahora, no son importantes.

Dedícate tiempo y amor

Tu mayor poder, después del amor, es el poder de crear; a ti misma, tu realidad y tu mundo. Hazte una promesa de dejar de operar en modo supervivencia, de posponer tu creatividad, de enterrarte en vida. Tú y tu historia son tu prioridad. Elizabeth Gilbert en su libro Big Magic dice “crea aquello que cause una revolución en tu corazón”.

Consigue un diario

Comienza por escribir un poco todos los días. Lo que sientes, lo que recuerdas. Si necesitas inspiración, mira en el apartado “Para la travesía”. Llevé diarios durante mucho tiempo. Son mi Baúles de los Recuerdos que abro para encontrar y fueron la fuente de todo aquello que creí olvidado.

La técnica de escritura salvaje o escritura automática ayuda a evitar el censor que llevas dentro y dejar que fluyan ideas, imágenes, sensaciones y emociones. Si, por ejemplo, necesitas escribir sobre un engaño, comienza con una frase como: “Confié en ti, pero…”

Céntrate en un tema

Cuando comencé a escribir La hija de los inmigrantes, sabía cuál era el tema: el momento en que se me partió la vida y tuve que volverme inmigrante somo mis padres. El miedo, la incertidumbre, el estar metida entre dos aguas, el impacto de las historias que se repiten. Esos fueron mis puntos de partida.

Haz una línea de tiempo

Como parte del ejercicio de desenterrar las memorias, construye una línea de tiempo; qué sucedió y cuándo sucedió. Te ayudara a escarbar tus recuerdos y a construir la trama formal más adelante.

Muestra tu odisea

Pinta con palabras el agobio y las dudas. Muéstrate vulnerable. Si pasaste un divorcio, escribe sobre la cama vacía, las gavetas abiertas, la sensación de ser un hueco. Ese es el punto de inflexión, el momento de tocar fondo. Usa tus sentidos para pintar los detalles. ¿A que sabe el engaño? ¿De qué color es la tristeza?

Celebra las lecciones

¿Qué aprendiste? ¿Cómo es tu vida después de la noche más larga? Habrá un momento en que, mientras escribes, sonreirás ante la epifanía que descubriste entre tus palabras.  Te lo prometo. Verás que eres más fuerte de lo que pensaste.

Comienza. Eso es todo. Da pequeños pasos pero firmes y constantes. Pronto surgirá la estructura, porque Brené Brown, socióloga estadounidense, sostiene que “un día contarás la historia de cómo sobrellevaste todo aquello que te sucedió, y esa historia será la guía de supervivencia de alguien más”.

Me encantaría que compartieras tu percepción y comentarios sobre este proceso de comenzar a escribir y crecer.

Cuento: jesusa vuelve a respirar

“Hay un dicho en la Tierra del Nunca Jamás, que cada vez que respiras, muere un adulto»

J.M. Barrie, Peter Pan

Jesusa sacó la caja escondida bajo su cama. Acarició sus grabados de ébano envejecidos, llenos de las historias de su abuela, quien se la había regalado con promesas de aventuras cuando ella era solo una niña. Habrían de pasar tres décadas para conjurar la valentía de sacar su secreto a la luz. Necesitaba desacelerar su corazón a punto de estallar, pues Jesusa había pasado buena parte de su vida conteniendo la respiración como quien se ahoga y, pataleando en busca la superficie del agua. Miró su mochila sobre la cama; su tiempo había llegado. Se soltó el cabello ya canoso y se alisó la blusa hindú de la tienda de segunda mano. Sus hijos entenderían, estaba segura. Bueno, casi. Pero ya eran adultos, cada uno con vida propia. Así que, abrió la caja ante ellos y, mitad solemne, mitad asustada, les soltó la noticia.

― Carlos, Ana, necesito que me lleven al aeropuerto. Voy a darle la vuelta al mundo.

Ambos saltaron al unísono y entre alharacas de preguntas y negaciones, Jesusa, como si nada, puso sobre la mesa tres viejas latas de café llenas de billetes, decenas de folletos de viaje y su pasaporte. No siempre estuvo tan segura de su próximo paso. Hubo un tiempo en que, tras acostar a sus pequeños, se convertía una bolita recostada de la puerta de su habitación en medio de la oscuridad de la incertidumbre. De noche lloraba y de día tragaba grueso. Se juraba a diario que algún día saldría de esa; solo la anclaban sus hijos y la sostenía su sueño. A pesar del dolor de espalda que dan las largas faenas empacando chocolates, Jesusa caminaba a casa. Un día se paró ante el cristal de una agencia de viajes donde imágenes de lugares lejanos le abrasaron la imaginación sin misericordia. Desde ese día Jesusa entraba al local y, como una niña que se roba un caramelo en la tienda de la esquina, metía un par de folletos en su cartera bajo la mirada severa del dueño. Al llegar a casa rendía el poco dinero para el alquiler y la comida, pero mientras fregaba los platos fantaseaba con tacos, paellas y samosas. Acostada luego en su cama, Jesusa acariciaba los folletos bajo la luz de una bombilla solitaria y se dormía perdida en el ensueño de budas, elefantes y cataratas. Pero la imagen de una mujer buceando en las aguas cristalinas del Adriático le removió algo en el pecho como si fuese oxígeno puro. Quizás allá lejos podría volver a ver el fondo de su mar de aguas turbias. La culpa no la dejó dormir cuando guardó el primer billete en la caja de ébano, pero tuvo la certeza absoluta de que el tiempo y su plan en marcha le acercarían cada vez más a ese mar sin lodo en el que ella quería bucear sin tregua.

Ahora, sus hijos eran la última prueba de voluntad.

―Pero mamá, tus nietos te necesitan. Y tú, ya necesitas descansar. Además, nunca has salido de esta ciudad ― dijo Ana, la más joven, la más inquieta, aunque domesticada por las responsabilidades.

Jesusa reconoció en Ana la misma chispa en su mirada que la que le devolvía el espejo cada mañana. Solo faltaba soltarla al mundo, pero no era ya su tarea de madre.

―A su tiempo, Anita, pero primero el mundo me espera.

―Pero ¿no puedes ir a visitar a tu hermana que vive a dos horas de aquí? ¿Cuál es este empeño de mochilear? ― preguntó Carlos, el mayor, el más sólido y pragmático.

Jesusa no respondió. Carlos negaba con la cabeza metida entre las manos, dando zancadas por la sale e imaginando toda la logística de traer a su madre muerta desde alguna selva en África, o pagando su rescate a grupos extremistas en Afganistán.

― Mamá, el mundo es muy peligroso además tu ni siquiera sabes otro idioma.

I can speak some English. Clases on line― contestó Jesusa con el mentón en alto.

Carlos pestañeó incrédulo. ¿Quién era esa mujer que se hacía llamar su madre, incapaz de tocar una computadora? Peor aún ¿quién le habría lavado el cerebro?

¿Conque Internet? ¡Ah, eso es! Tienes algún novio virtual. Te prohíbo verlo otra vez― manoteó Carlos.

Jesusa soltó la carcajada.

― Con tu padre tuve suficiente de los hombres. El día que se fue supe que nunca le confiaría mi corazón a nadie. Solo a mí misma y a ustedes, por supuesto. Entonces, ¿me llevan o pido un Uber?

Carlos balbuceaba argumentos que se le esfumaban, pero Jesusa permaneció tan firme que parecía sorda. La sonrisa contenida de Ana era un sí definitivo, el ceño fruncido de Carlos era una pataleta. Pero esto no era una democracia ni una intervención. Era su vida. Y punto.

― Bueno, tampoco es para tanto, Carlos. Necesita unas vacaciones ― dijo Ana tanteando la justificación final.

Con una pequeña reverencia, Ana reconoció a la heroína que la había criado. Y a Carlos no le quedó otra que aceptar la independencia de aquella mujer que había estado a su servicio toda la vida.

En el aeropuerto, Ana la abrazó con la fuerza suficiente para transmitirle apoyo, no para retenerla. Entendió que la vida no daba atajos, sino caminos arduos, pero si se mantenía en ellos, llegaría a su destino. ¿Dónde estaba su propia valentía? Suspiró y sonrió con algo de tristeza, pero con mucha admiración.

―Me iría contigo si pudiera.

Algún día lo harás― la sentenció Jesusa.

Carlos mantenía su cara de perro, temeroso de que su hermana se contagiara de esa insurrección del espíritu, pero finalmente le dio un beso impotente a su mamá. Jesusa tomó una bocanada de aire, se puso la mochila al hombro y entró en el avión para ir en busca de su mar cristalino.

Pequeñas victorias

A ver cómo comienzo a escribir este artículo…

Hay días en que nada de lo que escribo me parece digno de ser publicado. Todo me parece soso o incompleto.

El patrón es el mismo:

a. Una idea para un cuento o artículo me acelera el corazón y me eriza las neuronas.

b. Tomo notas, construyo un bosquejo y me lanzo a escribir. Me gusta, me digo sonriendo, mientras mis dedos tratan de teclear a la velocidad de mis pensamientos.

c. Descanso unas horas, quizás unos días. Cuando, finalmente abro el documento y comienzo a leer lo que escribí, se me desinfla el alma; mi idea inicial se ha transformado en otra cosa, un patuque de algo que reconozco solo de manera vaga. Corrijo por aquí, borro por allá, pero mi censor interno comienza a reirse de mí.

d. Borro lo escrito y me voy a lavar los platos. Caso cerrado. Olvidado y aplastado.

e. Me siento miserable por algunos días.

f. Trato de nuevo como ararstrando los pies.

Hay un diagnóstico para esa condición. Se llama Síndrome del Impostor, un patrón psicológico por el cual una persona es incapaz de interiorizar sus propios éxitos y sobre todo, sus habilidades. Es la negación absoluta de la autoestima, y mata más manuscritos que el cáncer a la gente.

Sé que necesito superarlo, así que, dispuesta a masajearme el ego, encontré un ejercicio en la imprecisa sabiduría de las redes, y comencé a escribir en mi diario una lista sobre aquellas cosas que he logrado en la vida. Recordé muchas de aquellas grandiosidades: terminar una carrera, casarme, la compra de la primera casa, el nacimiento de mis hijos, el proceso de emigrar a un país extraño. El problema es que, cuando ando de malas vibras rondándome la cabeza como moscas, todo aquello suena titánico y dificil. Me asusta no poder volver a lograr nada de ese calibre. Así que, hay que volver a lo pequeño, a lo elemental.

Mi pequeña (gran) victoria de esta semana fue escribir un cuento para un concurso. La victoria no radicó en escribir el cuento, sino superar el terror de exponerlo en una plataforma pública. Un solo escrito, que, cuando me atacaron las ganas de reeditar ad nauseam, lo publiqué. Sin mirar atrás y sin flagelarme, recordando la coma o tilde que perdí. Confieso que han habido momentos de ansiedad, pero luego me digo, «es solo un escrito, es solo un concurso. Hay otros más».

Escribir es una práctica, mejora cada vez que la ejercitas. Sobreponerse a los obstáculos, sobre todo los autoinfligidos, también lo es.

¿Cuál es tu pequeña victoria de hoy?

El instinto de escribir

¿Cuál es tu instinto?

Déspues de muchos días entre tantas incongruencias e incertidumbres, hoy desperté con un impulso de escribir. Como si necesitara volver a respirar. Y me pregunto ¿Escribir es un instinto?

Lo cierto es que, últimamente solo sé de un muerto, un enfermo, un terror de algo invisible, pero muy presente, como un fantasma. Un catálogo de horrores. Así que, en una discreta promesa conmigo misma, hoy decidí olvidar, huir, enconcharme. Tomé de nuevo la pluma, me senté bajo una mañana, mitad sol, mitad brisa fresca, y escribí. No pensé, solo sentí, una especie de meditación necesaria.

Afuera, la realidad anda a su propia velocidad temeraria, y yo aquí, en mi jardín, me he bajado de la centrífuga que es ese mundo, para crear uno propio, a mi voluntad y necesidad.

No quiero volverme arisca, no quiero que el mundo me endurezca. Sé, como sé respirar, que hay un misterio en el acto de escribir: me mantiene frágil y fuerte a la vez. Me mantiene concreta, viva y alerta. En el papel, destapo mentiras, descubro verdades, disuelvo oscuras fuerzas. Me acompaña una melodía, que poco a poco, me afloja esa vigilancia perenne en un lugar sobre el cual tengo cero control. Al escribir, solo controlo la piquiña de mi mano y de mis ideas.

En esas líneas locas hay destellos de memorias, de lecciones. En ellas se borran mis miedos y mis indecisiones. Puedo jugar con fuego, sin temor de quemarme, aun inmolándome en mis palabras.

Escribir para mí, es inevitable. Como tomar agua. Es un instinto.

¿Cuál es tu instinto?

Palabras que me gustan: Diáspora

“¡Semillas, somos semillas! pensé, levantando la vista. No en balde nos llamaban “diáspora”. Esa palabra me resonaba como pequeñas simientes al viento, buscando caer en mejores tierras para germinar. De pronto, sentí que quienes huíamos de la catástrofe llamada Venezuela, éramos lo más cercano a una bóveda de semillas de nuestra venezolanidad. Emigrar era un reflejo de preservación, no solo de nuestro ente físico y emocional, sino también de salvaguarda de nuestras costumbres que comenzaban a borrarse, pisoteadas por una filosofía aberrante de poder y sometimiento. Éramos portadores de mensajes de las andanzas, de los placeres, de las alegrías y de las tristezas, de las venturas y desventuras, de los éxitos y de los fracasos, de los comienzos y los finales, de los misterios de mi vida del inmigrante venezolano y la voz de la tragedia de quienes se quedaron atrás. Estaría en nosotros conservar aquello bueno que fuimos a fin de reconstruir la patria algún día.

Recordé una frase que había leído en un libro de autoayuda y que me impactó por su sencillez; de alguna forma me regiría la vida de ahí en adelante. Y, esta coincidencia de encontrarme un escrito sobre las semillas y nuestra metáfora de inmigrantes me ayudaría en la tarea de cumplir este ciclo de descubriendo la paz en la ruta de nuestra nueva vida.

Miré a mis hijos ensimismados en la película que comenzaban a proyectar como entretenimiento de vuelo. En los últimos cinco años, todo había conspirado para que nos fuéramos de Venezuela: la visión oscura del futuro, el presente de terror y las historias del pasado de mis ancestros. Pero si los ancestros nos dan historias, los hijos nos dan visiones.

— Florezcan donde los planten— les dije a mis hijos sin esperar que me entendieran en ese momento.

Anoté esas palabras en una pequeña libreta y no volví a escribir nada durante mucho tiempo.”

Pasaje de La hija de los inmigrantes

Cuéntanos: ¿Qué te evoca la palabra «Diáspora»? ¿Qué sientes?

Maletas (Cuento)

“Deja que la memoria sea tu equipaje”

Aleksandr Solzhenitsyn

Hay historias que comienzan con un “érase una vez”. Para los venezolanos que huyen del régimen, podría comenzar con un “érase millones de veces”. Pero, para mis viejos, mis padres, era la segunda vez.

*      *      *

La gente sale en oleadas a través de las puertas automáticas. Puedo sentir las vibraciones de los que esperan, chocando con las mías en un caos de alegría con expectativa. No, no son ellos, pienso parándome en la punta de los pies para tratar de ubicarlos. Mis padres han llegado a Canadá por fin. Intento distraerme, mirando a la gente, imaginándome sus historias. La sala de espera del aeropuerto Lester Pearson se llena de turbantes, saris, capulanas, camisas hawaianas, en un desorden vital de idiomas, dioses y aromas de lugares lejanos, una especie de carnaval de la Humanidad. Los hombres de negocios con sus trajes oscuros y sobrios maletines de mano esbozan una sonrisa cortés al ver sus nombres en los carteles de los choferes con cara de aburridos. Los amantes que se reencuentran lloran y reían a la misma vez entre flores, besos y globos de colores. Familias enteras ruedan los carritos con sus bultos y alijos. Algunas maletas han visto miles de kilómetros, otras nuevas han sido compradas especialmente para el viaje. Muchas están bien amarradas como para que no se abran y se escapen las fotos amarillas, los juguetes de los niños, las cartas de amor, el dolor que traen las pérdidas. Las memorias de los fantasmas de atrás.

Son casi las dos de la mañana. Mi cuerpo quiere cama, pero mi corazón quiere abrazarlos. Una pequeña voz del pasado me acosa y, como un disco rayado, escucho fragmentos vivos de la historia de mis padres, asediados por el comunismo y la muerte. Refugiados de la Segunda Guerra Mundial, llegaron a Venezuela en 1950 con una maleta, un par de camisas y algunas cucharitas de plata como su único tesoro terrenal. Y ahora, a los ochenta años han tenido que huir de nuevo de una dictadura sin adjetivo posible. Con dolor cerraron su casa de toda la vida, su oasis en medio de un país que se desmorona en cámara lenta. Y aunque se empeñaban en recordar tiempos mejores, la vida se les fue volviendo cada vez más pequeña. La falta de comida, medicamentos, electricidad y agua potable eran grilletes invisibles, impuestos por un régimen maldito del que no podrían sobrevivir.

Mientras los espero me llegan ramalazos de mi vida anterior ¿Qué habrá sido de mis amigos de la calle donde crecí? ¿Cómo llevarán la vida quienes emigraron en desventura? ¿Quién vivirá en mi casa que una vez estuvo llena de familia, flores y brisas? ¿Qué vida estaría viviendo si me hubiese quedado con mi miedo y todo? Si bien la cotidianidad del terror se me olvidó al llegar a Canadá, no puedo zafarme de las memorias de un lugar remoto que ya casi no existe, y que atesoro como pañuelitos bordados y perfumados en alguna maleta de mis entrañas.

¿Por qué tardarán tanto? —le pregunto a Noel.

—Tranquila, que el proceso de Landing toma su tiempito. Lo importante es que ya están de este lado de la paz —me asegura.

Camino de un lado a otro de la terminal y Noel me sigue hasta que decide sentarse, pues sabe que no puede hacer nada para contenerme. Empeñada en traerlos a Canadá, hoy termina mi travesía de pasmos, empujes y papeles a lo largo de dos continentes y tres años de mi existencia. Quién iba a decir que lograría sobreponerme a la burocracia de Immigration Canada y a la resistencia de mis propios viejos. Pero, me devoran los escenarios, pues sé que en el fondo no quieren estar aquí. Mi mamá me lo dijo tantas veces con sus silencios al teléfono, cuando le pedía las copias de los pasaportes o la partida de matrimonio. Sus labios que desaprobaban solo trataban de asimilar, sin querer admitirlo, que su burbuja segura y cálida estaba colapsando. Otra vez. Mi padre repetía que adoraba a Canadá, con todo y su nieve, como si estuviera aprendiendo una lección de caletre. La guerra, en la que su vida era tan efímera como los pedazos que quedaban tras los bombardeos, los volvieron aprensivos con sus posesiones. Aun así, sonrío con el orgullo de una guerrera que ha vencido, pero que sabe que está por librar otras batallas. Es solo el comienzo; todos los obstáculos salvados son pequeñeces frente a lo que nos viene. Enseñarles a dos loros viejos a hablar un nuevo idioma de paz y tranquilidad, frente a las lecciones de terror y pobreza. Enseñarles que este será su hogar donde podrán respirar a todo pulmón.

De pronto se abren las puertas. Dos mujeres en uniforme de los servicios al cliente del aeropuerto empujan una silla de ruedas cada una. De pronto, me doy cuenta de que son ellos. Mis padres. Dos grumitos irreconocibles de existencia, tablitas gastadas de un naufragio. Mi papá carga un bastón, una barba canosa de días; la camisa le queda grande. Mi mamá, estoica como siempre, lleva ojeras profundas y la procesión por dentro; su cabello siempre en orden luce un poco despeinado como su alma, aunque no ha perdido de todo el glamur. El corazón se me parte con un ruido de llanto. Contengo la respiración, sintiendo que caeré de rodillas, pero Noel me la mano, dándome fuerzas para seguir de pie. They did just fine, me dice una de las mujeres como tratando de bórrame la expresión donde me late la mudez. Más que un silencio, es un agobio de la impresión, es la herida de una turbulencia.

Thank you so much! —logro contestarle como si los hubiesen salvado de un huracán.

Poco a poco, paso del espanto al alivio. Con los puños apretados, los dos viejitos se aferran a sus bolsitos sobre los palitos que son sus piernas. Sonrío con esfuerzo sobrehumano, depositaria de una fuerza que casi no encuentro.

—¡Suegrita! —dice Noel, abrazando a mi madre. —¡Welcome to Canada!

—¡Chief, suegro! ¡Ya parece canadiense, caramba!

Los abrazo como se abraza a un bebé de Biafra. Están más flacos y pequeños de lo que los recuerdo desde su última visita hace un par de años atrás.

Noel empuja el carrito con las maletas bajo la mirada temerosa de mi padre. Se voltea, se remueve en la silla de ruedas.

—¿Qué pasa, papi?

—¿Están todas ahí? —pregunta con ansiedad.

—Si, si, son cuatro. Ya las conté. No te preocupes.

El camino a casa se me hace largo en la madrugada, aunque solo son veinte kilómetros. Mi padre habla interminable, como si todas esas palabras las hubiese tenido atragantadas durante mucho tiempo.

Me alegro de que ya estén aquí. Van a ser felices — les digo como la promesa mayor.

—Ciertamente somos afortunados. Hace casi setenta años llegamos a Venezuela con una maleta cada uno. Ahora, llegamos a Canadá, cada uno con dos.

Todavía…

Me encanta la palabra “Todavía”, pues en ella hay la promesa de lo que aún está por suceder o por venir. Una sola palabra puede cambiarte la perspectiva. «Todavía» es una de ellas. Te permite ver las cosas con posibilidades y creatividad.

Te explico: No digas, “No sé escribir”. Di “No sé escribir todavía”. ¿Viste cómo cambian el tono y las posibilidades?

La Real Academia Española la define como:

1. adv. Hasta un momento determinado desde tiempo anterior. No he escrito mi novela todavía.

2. adv. Con todo eso, no obstante, sin embargo. Es muy ingrato, pero todavía quiero hacerle bien.


«Todavía», no solo es persistencia, es aprendizaje y generosidad contigo mismo.

Así que, te propongo un reto…algo que te dé un poquito mas de perspectiva, y sobre todo, muchas ideas. Piensa en todas esas cosas sobre las cuales quisieras escribir y que no has podido. Puede ser un cuento sobre una muñeca de tu infancia, o un ensayo personal sobre cómo te adaptaste a una nueva cultura tras emigrar, o una novela sobre cómo sobreviviste a un accidente. En fin, hay tantas opciones como neuronas tengas (que son muchísimas).

OJO: ¡No importan las razones o excusas! Aquí no juzgamos ni a nosotros mismos… ¡PORFA!

El objetivo de este reto es que comiences a llevar tus deseos y sueños a la página. Haz una lista en tu cuaderno o diario. Escribe la idea cada vez que ésta te asalte. Eso es todo. Comenzar…

No olvides de contarme sobre algunas de tus anotaciones.

¡Me encantaría leerte!

Gratitud / Relatos 4 de 52

52 semanas/52 relatos (semana 4)

» La gratitud abre la riqueza en la vida. Convierte lo que tenemos en suficiente, y más. Convierte la negación en aceptación, el caos en orden, la confusión en claridad. Puede convertir una comida en un banquete, una casa en un hogar, un extraño en un amigo»

Melody Beattie

Creo en la virtud y el poder de las citas que te esclarecen. Esta, de Melody Beattie, me abrió los sesos y el corazón a lo mucho por lo que estoy agradecida en la vida: mi familia, el oasis de mi casa, mi salud, el pan, mi nuevo trabajo, el sol, la luna, los ríos…pero también por esos pasajes oscuros, como el tiempo del desempleo, el confinamiento de la pandemia, la soledad de mi casa, la incertidumbre de un futuro.

Es verdad que, sumida en el dolor y la confusión, decir algo como «Gracias universo, gracias Dios, por este (puñalada trapera, caos, pandemia, desempleo) que me mandas», me sentí masoquista, ilusa y hasta un poco hipócrita.

Pataleé en la oscuridad, en el encierro de cuatro paredes, mirando la nieve, lejos de todos. Sin embargo, si hay algo que esta pandemia me ha regalado es el tiempo del freno. Ha sido parar (a veces, obligada) y repensar lo que quiero ser, hacia adonde voy, aunque no esté del todo claro. Entonces, tomé un respiro y comencé algunas cosas nuevas; unas funcionaron, otras fueron un total desastre. Pero fueron como experimentos de laboratorio sobre las cuales estoy construyendo una nueva Erika. Con mucha resistencia inicial, he llegado a albergar la certeza absoluta en el proceso de esas pruebas, no siempre en el resultado, sino en la percepción de las cosas y en mi camino hacia el resultado. Muchos gritos en mi almohada me ha costado llegar a decir, It’s OK.

Por lo más increíble fue que ahí, en esos instantes más negros y punzantes, la gratitud tuvo un efecto casi mágico, como de alquimia, que transformó mi oscuridad en una experiencia de luz, que me levantó el peso que llevaba en las entrañas y que me renovó a esa guerrera cansada que llevaba dentro. Dar gracias todos los días por todo, cambia las frecuencias, aunque suene medio alienígena zen. Quiero decir que me siento más sabia, más humilde, pero, sobre todo más dispuesta, pero creo que las palabras que más me definen hoy son Fluida y Agradecida.

¿Cuáles son las cosas por las que estás agradecid@ hoy?

Reto Ray Bradbury/ Semana 3

Palabras que nos gustan: Héroe/Heroína

La palabra de esta semana es Héroe/Heroína.

Es aquella persona que sale en busca de lo que necesita y quiere, que no se doblega, aunque le duela. Que se levanta cada vez que se cae. Superan cáncer, despidos, infidelidades, vicios, adicciones, pobreza, fronteras…

¿Cuántos héroes y heroínas anónimos hay allá afuera de quienes podemos aprender tanto, si solo supiéramos sus historias?

Te cuento un secreto: Tú eres héroe/heroína de tu propia vida, de tu propia historia…

Solo tú…

Has vivido, has amado, has cumplido tu parte, has fallado y te has levantado. Has sido esposa, madre, hija, compañera, amiga, hada, bruja, y pare de contar… Muchos te han acompañado en tu travesía por la vida, personajes importantes y algunos impostores, pero todos te dejaron algo que te ha definido, aun sin querer. Eres hermosa en todas tus formas y el mundo necesita tu historia, pues, como dijo Ángeles Mastretta “somos aquello que dejamos en otros”.

Estás compuesta de muchos pedazos. Algunos regados, otros en tus manos. Si escribes, podrá pegar todas esas maravillosas piezas que componen ese rompecabezas que eres. Poner tu vida en un papel te ayuda a descubrir que también estás hecha de capas que has construido para esconder aquello de lo que te avergüenzas o lo que te agobia. ¡Basta de esconder tu magnificencia!

En los relatos que lees o escribes, descubres el camino ya andado por otras antes de ti y forjas uno nuevo y propio para las que te seguirán.

La guía “Escribe tu historia” te ayudará a organizar la marañita que tienes en la mente. Búscala en el enlace de mi bio, como un regalo para ti.

Abracitos,

Erika