El instinto de escribir

¿Cuál es tu instinto?

Déspues de muchos días entre tantas incongruencias e incertidumbres, hoy desperté con un impulso de escribir. Como si necesitara volver a respirar. Y me pregunto ¿Escribir es un instinto?

Lo cierto es que, últimamente solo sé de un muerto, un enfermo, un terror de algo invisible, pero muy presente, como un fantasma. Un catálogo de horrores. Así que, en una discreta promesa conmigo misma, hoy decidí olvidar, huir, enconcharme. Tomé de nuevo la pluma, me senté bajo una mañana, mitad sol, mitad brisa fresca, y escribí. No pensé, solo sentí, una especie de meditación necesaria.

Afuera, la realidad anda a su propia velocidad temeraria, y yo aquí, en mi jardín, me he bajado de la centrífuga que es ese mundo, para crear uno propio, a mi voluntad y necesidad.

No quiero volverme arisca, no quiero que el mundo me endurezca. Sé, como sé respirar, que hay un misterio en el acto de escribir: me mantiene frágil y fuerte a la vez. Me mantiene concreta, viva y alerta. En el papel, destapo mentiras, descubro verdades, disuelvo oscuras fuerzas. Me acompaña una melodía, que poco a poco, me afloja esa vigilancia perenne en un lugar sobre el cual tengo cero control. Al escribir, solo controlo la piquiña de mi mano y de mis ideas.

En esas líneas locas hay destellos de memorias, de lecciones. En ellas se borran mis miedos y mis indecisiones. Puedo jugar con fuego, sin temor de quemarme, aun inmolándome en mis palabras.

Escribir para mí, es inevitable. Como tomar agua. Es un instinto.

¿Cuál es tu instinto?

Canas al aire / Relato 1 de 52

52 semanas/52 relatos (Semana 1)

«Las mujeres se vuelven radicales con la edad. Quizás, algún día, un ejército de canosas tomará el mando del mundo calladamente»

Gloria Steinem

Malú juraba que el cabello borgoña le sentaba. Se sentía fuego puro, una guerrera en control total de su cuerpo, aunque las hormonas le traicionaran. El rojo le camuflaba las arrugas y los párpados caídos. Siendo pelirroja de cajita, cada seis semanas se sometía a la travesía innecesaria de teñirse el cabello. Cada raíz blanca era un grito, un recordar que iba para vieja, que no podía dejar de llevar el mundo sobre los hombros. Esa máscara había sido su de fortaleza, aun cuando llorara en las noches. Pero, estaba cansada y ya había decidido dejarse las canas. Costara lo que costara.

Una noche, el costo de una mentira llegó al teléfono de su marido. Malú se revolcó en el piso y quiso emborracharse de los químicos otra vez, buscando quitarse esa facha de zorrillo pelirrojo. En los siguientes días Malú se paseaba por los pasillos de la farmacia y mirando sobre el hombro, acariciaba las caja de tintes rojos y negros. En su desespero había considerado hasta los azules y verdes, creyendo que su arsenal contra con una demonia, joven y audaz, era limitado y quizás, obsoleto.

Entró casi arrastrándose a la peluquería como un adicto con síndrome de abstinencia. Píntamelo todo; quítame las canas, lloró con rencor. Con la presencia de un abuelo sabio, aunque podía ser su hijo, el estilista la abrazó y le soltó una verdad mayor: Malú, en un tiempo en que envejecer es un miedo, hay que hacerlo un privilegio. El estilista le hizo desaparecer el rojo con unas mechitas reflejos, algo parecido a las canas que hizo que sus líneas se difuminaran. Malú se sintió más suave, aunque su mirada aun tenía el brillo fiero. Su expresión era más noble, había menos lucha, más bondad; menos apariencia, más autenticidad. No había tapado el fuego con el gris de las cenizas. Eran las trizas de plata de un fénix que renacía.

Malú salió de la peluquería con la frente en alto, sin más necesidad que de ella misma. En su nuevo espacio asintió con una sonrisa, mientras los demás se peleaban por su pedazo del mundo. Su revolución ahora era suave y callada, estaba en paz y era libre son sus canas al aire.


Ray Bradbury Semana 2

Reto de Ray Bradbury:

52 semanas, 52 relatos

¡Feliz 2021!

Estamos programadas para contar historias, pero, a veces, la falta de tiempo, las cotidianidades y las dudas se interponen en el camino de nuestra creatividad. ¡Ay! esas eternas excusas que nos frenan…

Ray Bradbury, el escritor estadounidense de ciencia ficción, tuvo una brillante idea plasmada en su famosa cita sobre escribir un relato a la semana, como una forma de recordarnos que nos podemos permitir la mediocridad dentro de una travesía de experimentación.

Lo interesante es que no te comprometes a un proyecto de proporciones agobiantes, o sea, no tienes que escribir La Odisea o Anna Karenina, sino relatos cortos. Manejables, digeribles, rápidos.

Además, esta forma de escribir te ayuda a soltar la mente y la mano, a aplastar al censurador interno. Y, sobre todo, porque con esta práctica, seguro encontrarás un tesoro a seguir desarrollando en tus relatos.

El reto consiste en dedicarle una semana a un relato corto. Un día para la idea que te asalta o buscas, los personajes y trama inicial, otro para el primer borrador, y así sucesivamente para la edición, y su publicación.

¿Te animas?

Lo importante es experimentar. Si necesitas inspiración, visita mi apartado «Para la travesía»

¡Feliz pluma!

PD: No te olvides de compartir tu relato en los comentarios!

Y tú, ¿por qué escribes?

Hay muchas razones por las cuales escribir: entretener, dejar un legado, pasar el tiempo. Querer escribir se ha vuelto un cliché, algo que todo el mundo hace.

Pero, cuando la razón es tan sencilla como compleja, un “porque debo hacerlo”, escribir se vuelve una forma de vida, una necesidad tan básica como comer y dormir.

Pregúntate por qué quieres escribir y luego actúa como si tu vida dependiera de ello…

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