PANDEMIA Y EXILIO

En estos tiempos convulsos, no hay nadie que no haya sido tocado por la pandemia o por el exilio. En mi caso, por ambos. Encierro y destierro a la vez. Meses que se han convertido en años lejos de la gente que quiero.

Pero ayer fue el cumpleaños de mi tía Ceci. Setenta y cinco años que se dicen fáciles, aunque no en Venezuela. Sin embargo, mi tía Ceci es de esas mujeres que tiene la capacidad de ver lo bueno en medio del caos y del dolor. Practica natación con su cadera biónica, siembra árboles en el complejo deportivo donde nada, hace tapices comunitarios mientras medita y se la pasa volcando su pasión por la buena cocina con lo que consigue en los escasos y carísimos mercados de Caracas.

Muchos en esta familia estamos lejos; hemos aprendido a vivir el miedo, con la incertidumbre, con el desarraigo, pero no dejamos pasar un momento para soltar todo aquello que nos agobia y celebrar en familia; un instante de pausa del mundo de heridas abiertas. Gracias a los avances de internet y después de algunos traspiés tecnológicos (je, je, je) anoche nos juntamos para cantarle el «Cumpleaños Feliz» a Ceci desde Venezuela, Canadá, Panamá, Estados Unidos y Argentina.

La pandemia y el exilio no nos puede encerrar. Hay mucho que celebrar.

Los quiero,

Erika

Palabras que me gustan: Diáspora

“¡Semillas, somos semillas! pensé, levantando la vista. No en balde nos llamaban “diáspora”. Esa palabra me resonaba como pequeñas simientes al viento, buscando caer en mejores tierras para germinar. De pronto, sentí que quienes huíamos de la catástrofe llamada Venezuela, éramos lo más cercano a una bóveda de semillas de nuestra venezolanidad. Emigrar era un reflejo de preservación, no solo de nuestro ente físico y emocional, sino también de salvaguarda de nuestras costumbres que comenzaban a borrarse, pisoteadas por una filosofía aberrante de poder y sometimiento. Éramos portadores de mensajes de las andanzas, de los placeres, de las alegrías y de las tristezas, de las venturas y desventuras, de los éxitos y de los fracasos, de los comienzos y los finales, de los misterios de mi vida del inmigrante venezolano y la voz de la tragedia de quienes se quedaron atrás. Estaría en nosotros conservar aquello bueno que fuimos a fin de reconstruir la patria algún día.

Recordé una frase que había leído en un libro de autoayuda y que me impactó por su sencillez; de alguna forma me regiría la vida de ahí en adelante. Y, esta coincidencia de encontrarme un escrito sobre las semillas y nuestra metáfora de inmigrantes me ayudaría en la tarea de cumplir este ciclo de descubriendo la paz en la ruta de nuestra nueva vida.

Miré a mis hijos ensimismados en la película que comenzaban a proyectar como entretenimiento de vuelo. En los últimos cinco años, todo había conspirado para que nos fuéramos de Venezuela: la visión oscura del futuro, el presente de terror y las historias del pasado de mis ancestros. Pero si los ancestros nos dan historias, los hijos nos dan visiones.

— Florezcan donde los planten— les dije a mis hijos sin esperar que me entendieran en ese momento.

Anoté esas palabras en una pequeña libreta y no volví a escribir nada durante mucho tiempo.”

Pasaje de La hija de los inmigrantes

Cuéntanos: ¿Qué te evoca la palabra «Diáspora»? ¿Qué sientes?

Escribe tu batalla

Escribir sobre tus experiencias, sobre todo si te han marcado, te ayuda a procesarlas, a entenderlas, a darles un cariz de lección y aprendizaje más que de castigo. Tendrás mejor perspectiva, crecerás y superarás…pero sin la culpa pegada a la vivencia. 

Te lo prometo…