Génesis/ Relato 3 de 52

52 semanas/52 relatos (Semana 3)

…Y, en el último día de la Creación, Dios vio que todo cuanto había hecho en los seis días que llevaba armando y desarmado el Universo, era bueno. La satisfacción le iba saltando por dentro, pero, el júbilo de la tarea bien hecha, se le pasó veloz. Algunos torrentes indefinidos de vacío le agobiaban la existencia y le robaban la placidez que tanto había esperado. Siempre creyó que, con el cumplimiento del deber, lo demás sería reír y cantar.

Así que, atendiendo los consejos de la Corte Celestial, puso las obligaciones a un lado y se entregó al ocio de un rellano bien merecido.  Hundió las manos en el barro y el lujo terrenal de la greda le revoloteó en el cuerpo. Al principio era sólo arcilla, una mera forma elemental. Pero el revoltijo calcáreo, que nació del universo mismo, cobró una existencia que le trepidó contenta en los dedos.

Entones, Ella creó a Eva a su imagen y semejanza: ígnea, pétrea, fuerte. La lanzó al mundo para que saliera a poblarlo de ella misma, a conquistarlo, a ganarlo. Fue muy fácil concebirla, pues ya la tenía fraguada en la mente y en el espíritu desde el inicio de todos los tiempos. Le estaba gustando todo aquello de crear y se le ocurrió seguir divirtiéndose con el arte, pues aún le mariposeaban las manos. Le vino a la mente otro concepto, más etéreo, pero más embrollado: Adán.  Pensó sacarlo de una costilla de Eva para que ella tuviese una cintura más definida y seductora, pero trocear la perfección era varonilmente brutal. Así que Dios tomó otro taco de barro y respiró hondo como quien reconoce en la creación los dolores de parto y los temblores del querer.

¡Ay, carajo! este Adán que se asomaba del amasijo…, este Adán era otra cosa. Con cierta turbación, Ella moldeó los contornos del monolito fiero a ojos cerrados, pero a espíritu abierto. Con la paciencia de la lluvia infinita, las agrestes líneas de su escultura se iban definiendo y le dejaron huellas imborrables que tardarían milenios en desvanecerse.

Trabajaba su talla con el corazón encabritado, pero sin herramientas, sólo las manos en carne viva, no se le fuera a extraviar el tacto orgánico de lo que comenzaba a gozar. Descubría en la imagen, la comunión de los elementos en la roca amalgamada con agua bendita que a fuego emergería para Ella, mientras lo henchía del soplo de vida que tanto les urgía a ambos. Gloriosos temblores le latían en el vientre y la arrastraban en una divina espiral descontrolada. Imaginarlo temerario la dejaba cansada; tallarlo potente la hacía morir mil veces.

Rozó por última vez los pliegues húmedos del hombre de roca y aspiró el perfume de la tierra que la anclaba a su dueño mineral. Se limpió las manos en su delantal de nubes con la lentitud de quien desea que el tiempo se vuelva sólido. Miró a Adán desde todos los ángulos posibles y precisamente en las rugosidades encontró un cierto esplendor en su obra, pues las pasiones celestiales, como las grandiosas obras de arte, siempre son inconclusas. Cerró la puerta del horno y la embargó la nostalgia inmisericorde de lo terminado, sintió la soledad del tacto y padeció el olvido de la creación. Pero aceptó el efímero instante de un ardor del cual siempre se creyó incapaz.

En el abismo inflamado de la piedra, Adán susurró, llamándola. Y entonces, Ella lo escuchó.

Reto Ray Bradbury/ Semana 2

Esploratore / Relato 2 de 52

52 semanas/52 relatos (Semana 2)

Mangia, Marco, repitió la nonna cerquita de la oreja del niño. No era súplica, era una orden. La suavidad cruel con la que pronunciaba cada palabra podía causar escalofríos hasta al mismísimo diablo. La abuela olía a aceite rancio con sudor bajo demasiadas capas de terciopelo en el calor húmedo de Venecia. Ella no calzaba dentro de la categoría de las abuelitas que, amorosamente, horneaban galletitas para su nieto. No. Ella era la bruja amargada que le obligaba a tragar espesas sopas de dudosos ingredientes, quizás hechas con las sobras de las grandes comilonas venecianas a las que ella atendía todas las noches. Marco se enfurruñó, apretó los labios y cruzó los brazos. Entonces, la nonna le apretó por la oreja y lo arrastró a la alacena donde lo encerró durante el resto del día.

¡Te vas a comer la sopa, sí o sí!, la escuchó gritar a través de la portezuela del escaparate. En la oscuridad de la alacena, Marco se secó las lágrimas con rabia, y tanteó hasta encontrar una manzana con la que llenó la barriga, la soledad y las ganas de aventuras. Porque cada encierro era como un grano de arena incrustado en la tierna carne de una ostra creando una perla de libertad. Soñaba con algo que aun no definía, algo que le llenara el hueco que llevaba en medio del pecho. ¿Qué comerán en otros lugares?, pensó. Se acarició las costillas cada vez más presentes y se quedó dormido pensando en su padre ausente y su madre muerta.

Unas horas más tarde, la nonna lo sacó de la alacena por un brazo y lo sentó a la mesa de nuevo frente al mismo plato de sopa babosa. Sin esconder su odio, Marco cerró los ojos y tragó el mazacote a pesar de que su garganta se resistía. ¡Bravo, Marco! ahora puedes ir a jugar al muelle, exclamó la vieja con un toque de triunfo.

Marco corrió tan rápido como pudo por las callejuelas, como si así pudiese poner medio mundo de distancia entre él y su abuela. Se sentó en el muelle con los pies en el agua y el estómago aún revuelto con el recuerdo de la sopa gris. Jabeaba y mecía los pies como pateando el agua, con un murmullo en la cabecita sudorosa que no lo dejaba pensar en su plan de escape. Tantas veces imaginó que descubriría nuevas tierras de donde traería artefactos y joyas, pero hoy estaba cansado.

El sol estaba por ponerse tras la isla de Murano, cuando vio uno de los barquitos de juguete que solía soltar al mar; las ondas del agua lo hacían chocar contra los pilotes del muelle y él se sintió así, flotando al garete, pero sin poder huir. Preso de su abuela, comiendo bazofia el resto de su vida. Entonces, lo asaltaron los espasmos y vomitó hasta que no quedó nada de su espíritu de perro domado, y le surgió una claridad divina que iba más allá del horizonte.

Con el sabor a hiel en la boca, levantó barquito de juguete y con la ceremonia de un juramento, murmuró: Iré a buscar la mejor comida del mundo, algo bañado en salsas y aceite de oliva, algo de ajo y albahaca. O algo así…Juro que la encontraré, así tenga que ir a la mismísima China.


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Reto Ray Bradbury/ Semana 1

Reto Ray Bradbury/Semana 3

Canas al aire / Relato 1 de 52

52 semanas/52 relatos (Semana 1)

«Las mujeres se vuelven radicales con la edad. Quizás, algún día, un ejército de canosas tomará el mando del mundo calladamente»

Gloria Steinem

Malú juraba que el cabello borgoña le sentaba. Se sentía fuego puro, una guerrera en control total de su cuerpo, aunque las hormonas le traicionaran. El rojo le camuflaba las arrugas y los párpados caídos. Siendo pelirroja de cajita, cada seis semanas se sometía a la travesía innecesaria de teñirse el cabello. Cada raíz blanca era un grito, un recordar que iba para vieja, que no podía dejar de llevar el mundo sobre los hombros. Esa máscara había sido su de fortaleza, aun cuando llorara en las noches. Pero, estaba cansada y ya había decidido dejarse las canas. Costara lo que costara.

Una noche, el costo de una mentira llegó al teléfono de su marido. Malú se revolcó en el piso y quiso emborracharse de los químicos otra vez, buscando quitarse esa facha de zorrillo pelirrojo. En los siguientes días Malú se paseaba por los pasillos de la farmacia y mirando sobre el hombro, acariciaba las caja de tintes rojos y negros. En su desespero había considerado hasta los azules y verdes, creyendo que su arsenal contra con una demonia, joven y audaz, era limitado y quizás, obsoleto.

Entró casi arrastrándose a la peluquería como un adicto con síndrome de abstinencia. Píntamelo todo; quítame las canas, lloró con rencor. Con la presencia de un abuelo sabio, aunque podía ser su hijo, el estilista la abrazó y le soltó una verdad mayor: Malú, en un tiempo en que envejecer es un miedo, hay que hacerlo un privilegio. El estilista le hizo desaparecer el rojo con unas mechitas reflejos, algo parecido a las canas que hizo que sus líneas se difuminaran. Malú se sintió más suave, aunque su mirada aun tenía el brillo fiero. Su expresión era más noble, había menos lucha, más bondad; menos apariencia, más autenticidad. No había tapado el fuego con el gris de las cenizas. Eran las trizas de plata de un fénix que renacía.

Malú salió de la peluquería con la frente en alto, sin más necesidad que de ella misma. En su nuevo espacio asintió con una sonrisa, mientras los demás se peleaban por su pedazo del mundo. Su revolución ahora era suave y callada, estaba en paz y era libre son sus canas al aire.


Ray Bradbury Semana 2

Reto de Ray Bradbury:

52 semanas, 52 relatos

¡Feliz 2021!

Estamos programadas para contar historias, pero, a veces, la falta de tiempo, las cotidianidades y las dudas se interponen en el camino de nuestra creatividad. ¡Ay! esas eternas excusas que nos frenan…

Ray Bradbury, el escritor estadounidense de ciencia ficción, tuvo una brillante idea plasmada en su famosa cita sobre escribir un relato a la semana, como una forma de recordarnos que nos podemos permitir la mediocridad dentro de una travesía de experimentación.

Lo interesante es que no te comprometes a un proyecto de proporciones agobiantes, o sea, no tienes que escribir La Odisea o Anna Karenina, sino relatos cortos. Manejables, digeribles, rápidos.

Además, esta forma de escribir te ayuda a soltar la mente y la mano, a aplastar al censurador interno. Y, sobre todo, porque con esta práctica, seguro encontrarás un tesoro a seguir desarrollando en tus relatos.

El reto consiste en dedicarle una semana a un relato corto. Un día para la idea que te asalta o buscas, los personajes y trama inicial, otro para el primer borrador, y así sucesivamente para la edición, y su publicación.

¿Te animas?

Lo importante es experimentar. Si necesitas inspiración, visita mi apartado «Para la travesía»

¡Feliz pluma!

PD: No te olvides de compartir tu relato en los comentarios!