Las vueltas que da la vida

Jamás pensé en emigrar de Venezuela hasta aquel nefasto día en que mi mundo prefectico y envueltico en celofán, se me vino abajo. Un solo acto, un solo hombre, miles de recuerdos sobre las historias de mis padres y abuelos que sobrevivieron a la guerra y el comunismo. Era diciembre de 1998.

Mucho sucedió entre 1998 y el 2004. Durante meses preparamos nuestra huida, pero aun con un plan en mente, el caos que me envolvía no me dejaba buscarle fondo y verdad a todo ese despelote. Es cuesta arriba ponerle palabras a lo que te surca la mente y el cuerpo, cuando no sabes lo que te depara el presente, y menos, el futuro.

Finalmente, nos instalamos en Toronto en febrero del 2.004. Mi esposo volvió a Venezuela por tres meses a cerrar asuntos de trabajo, mis hijos comenzaron la escuela, y yo descubrí que, a veces la soledad era como un pequeño demonio que se me sentaba en el hombro a susurrarme calamidades. Pero como soy tozuda, espanté la bichito y salí a descubrir mi nuevo territorio. Por cosas del destino, aterricé en una feria de Glendon College, donde mercadeaban cursos para captar nuevos estudiantes. Ahí, en uno de los puestos de la feria, una señora de aura gentil y sonrisa suave, me entregó un panfleto sobre un certificado de traducción inglés-español. En mi situación recién llegada y con la tabla rasa, hice lo que tenía que hacer: me inscribí en el curso. La señora gentil fue mi maestra.

En una de las primeras clases, me entregó mi tarea valorada y me sentenció de por vida. Tienes que escribir, me dijo. Tres palabras que me marcaron. De ahí en adelante, escribí. A veces con mucha disciplina y diligencia, creando cuentos que me hacían sentir como la futura candidata al Premio Nobel de Literatura; otras enrollada en mi cama, atacada por el Síndrome del Impostor.

No todos los días me siento la hija de Hemingway o de Gallegos, pero mis historias le dan masa y peso a ese camino tortuoso que ha sido emigrar y reinventarme. Cada frase escrita es un llaga que se cierra y un camino que se abre. A veces fluyo, a veces me atasco, pero siempre vuelvo al momento en que leo las palabras en la hoja y todo cobra sentido en mi vida.

Cuéntame de las vueltas que ha dado tu vida…

Dia 2: país en guerra

«Busqué un solo indicio para quedarme. Venezuela se caía a pedazos sin que yo pudiera hacer nada al respecto, por lo que dejar todo atrás y emigrar se convirtió en mi batalla más sabia. Me atormentaba lo escurridiza que era la democracia, lo desmedida que era la maldad, lo impreciso que era el futuro. Me angustiaba el lavado de cerebros y el secuestro de las almas para el servicio del régimen disfrazado de patria.»

E.P. Roostna

Este es un pedacito de mi libro «La hija de los inmigrantes» que ando escribiendo. En él he vaciado mis recuerdos y mis razones para emigrar de Venezuela. He pintado con palabras a un país que estaba en guerra consigo mismo y nosotros, sus habitantes éramos, sencillamente, peones en un gran ajedrez maligno.

Hoy escribirás sobre cómo era tu lugar, en vías de extinción. No son necesarias las bombas o los ejércitos marchando en los pueblos. A veces, la ignorancia, la pobreza, la falta de educación, la indiferencia también forman batallas arduas y perdidas.

Respira y date permiso para purgar esas memorias. Ten paciencia contigo mismo. Trátate con amor y calma.

Escribe sin editar ni pensar durante 20 minutos para comenzar. Solo deja que tu mano fluya desde tu mente, a través de tu pluma al papel.

Descarga aquí para revelar tu tarea de hoy.

Cuéntame cómo era tu país en guerra.

Dia 1: Decisiones

Descubre tu historia de inmigrante

Hubo un instante, efímero y clarificador, en el que la vida se te volteó y todo aquello que habías logrado a lo largo de tus años perdió significado para ti. Quizás el detonante fue algo tan denso como un atraco, un secuestro o una muerte, o tan sencillo como una forma distinta de trabajar. Lo cierto es que fue un momento en el que te diste cuenta que ya no pertenecías al lugar donde vivías. Lo más importante fue preservar tu vida y la de los tuyos…entonces tomaste una decisión: Emigrar.

Entonces, comenzaron a rodar los engranajes de tu futuro.

Tu misión de hoy, si decides aceptarla, será volver a ese instante definitivo en que decidiste dar el primer paso.

Respira y date permiso para purgar esas memorias. Ten paciencia contigo mismo. Trátate con amor y calma.

Escribe sin editar ni pensar durante 20 minutos para comenzar. Solo deja que tu mano fluya desde tu mente, a través de tu pluma al papel.

Descarga aquí para revelar tu tarea de hoy.

Déjame tus comentarios sobre lo que descubras, tu lección y esencia.

Un abrazo,

Erika

erikaroostna@gmail.com

Palabras que me gustan: Diáspora

“¡Semillas, somos semillas! pensé, levantando la vista. No en balde nos llamaban “diáspora”. Esa palabra me resonaba como pequeñas simientes al viento, buscando caer en mejores tierras para germinar. De pronto, sentí que quienes huíamos de la catástrofe llamada Venezuela, éramos lo más cercano a una bóveda de semillas de nuestra venezolanidad. Emigrar era un reflejo de preservación, no solo de nuestro ente físico y emocional, sino también de salvaguarda de nuestras costumbres que comenzaban a borrarse, pisoteadas por una filosofía aberrante de poder y sometimiento. Éramos portadores de mensajes de las andanzas, de los placeres, de las alegrías y de las tristezas, de las venturas y desventuras, de los éxitos y de los fracasos, de los comienzos y los finales, de los misterios de mi vida del inmigrante venezolano y la voz de la tragedia de quienes se quedaron atrás. Estaría en nosotros conservar aquello bueno que fuimos a fin de reconstruir la patria algún día.

Recordé una frase que había leído en un libro de autoayuda y que me impactó por su sencillez; de alguna forma me regiría la vida de ahí en adelante. Y, esta coincidencia de encontrarme un escrito sobre las semillas y nuestra metáfora de inmigrantes me ayudaría en la tarea de cumplir este ciclo de descubriendo la paz en la ruta de nuestra nueva vida.

Miré a mis hijos ensimismados en la película que comenzaban a proyectar como entretenimiento de vuelo. En los últimos cinco años, todo había conspirado para que nos fuéramos de Venezuela: la visión oscura del futuro, el presente de terror y las historias del pasado de mis ancestros. Pero si los ancestros nos dan historias, los hijos nos dan visiones.

— Florezcan donde los planten— les dije a mis hijos sin esperar que me entendieran en ese momento.

Anoté esas palabras en una pequeña libreta y no volví a escribir nada durante mucho tiempo.”

Pasaje de La hija de los inmigrantes

Cuéntanos: ¿Qué te evoca la palabra «Diáspora»? ¿Qué sientes?

Maletas (Cuento)

“Deja que la memoria sea tu equipaje”

Aleksandr Solzhenitsyn

Hay historias que comienzan con un “érase una vez”. Para los venezolanos que huyen del régimen, podría comenzar con un “érase millones de veces”. Pero, para mis viejos, mis padres, era la segunda vez.

*      *      *

La gente sale en oleadas a través de las puertas automáticas. Puedo sentir las vibraciones de los que esperan, chocando con las mías en un caos de alegría con expectativa. No, no son ellos, pienso parándome en la punta de los pies para tratar de ubicarlos. Mis padres han llegado a Canadá por fin. Intento distraerme, mirando a la gente, imaginándome sus historias. La sala de espera del aeropuerto Lester Pearson se llena de turbantes, saris, capulanas, camisas hawaianas, en un desorden vital de idiomas, dioses y aromas de lugares lejanos, una especie de carnaval de la Humanidad. Los hombres de negocios con sus trajes oscuros y sobrios maletines de mano esbozan una sonrisa cortés al ver sus nombres en los carteles de los choferes con cara de aburridos. Los amantes que se reencuentran lloran y reían a la misma vez entre flores, besos y globos de colores. Familias enteras ruedan los carritos con sus bultos y alijos. Algunas maletas han visto miles de kilómetros, otras nuevas han sido compradas especialmente para el viaje. Muchas están bien amarradas como para que no se abran y se escapen las fotos amarillas, los juguetes de los niños, las cartas de amor, el dolor que traen las pérdidas. Las memorias de los fantasmas de atrás.

Son casi las dos de la mañana. Mi cuerpo quiere cama, pero mi corazón quiere abrazarlos. Una pequeña voz del pasado me acosa y, como un disco rayado, escucho fragmentos vivos de la historia de mis padres, asediados por el comunismo y la muerte. Refugiados de la Segunda Guerra Mundial, llegaron a Venezuela en 1950 con una maleta, un par de camisas y algunas cucharitas de plata como su único tesoro terrenal. Y ahora, a los ochenta años han tenido que huir de nuevo de una dictadura sin adjetivo posible. Con dolor cerraron su casa de toda la vida, su oasis en medio de un país que se desmorona en cámara lenta. Y aunque se empeñaban en recordar tiempos mejores, la vida se les fue volviendo cada vez más pequeña. La falta de comida, medicamentos, electricidad y agua potable eran grilletes invisibles, impuestos por un régimen maldito del que no podrían sobrevivir.

Mientras los espero me llegan ramalazos de mi vida anterior ¿Qué habrá sido de mis amigos de la calle donde crecí? ¿Cómo llevarán la vida quienes emigraron en desventura? ¿Quién vivirá en mi casa que una vez estuvo llena de familia, flores y brisas? ¿Qué vida estaría viviendo si me hubiese quedado con mi miedo y todo? Si bien la cotidianidad del terror se me olvidó al llegar a Canadá, no puedo zafarme de las memorias de un lugar remoto que ya casi no existe, y que atesoro como pañuelitos bordados y perfumados en alguna maleta de mis entrañas.

¿Por qué tardarán tanto? —le pregunto a Noel.

—Tranquila, que el proceso de Landing toma su tiempito. Lo importante es que ya están de este lado de la paz —me asegura.

Camino de un lado a otro de la terminal y Noel me sigue hasta que decide sentarse, pues sabe que no puede hacer nada para contenerme. Empeñada en traerlos a Canadá, hoy termina mi travesía de pasmos, empujes y papeles a lo largo de dos continentes y tres años de mi existencia. Quién iba a decir que lograría sobreponerme a la burocracia de Immigration Canada y a la resistencia de mis propios viejos. Pero, me devoran los escenarios, pues sé que en el fondo no quieren estar aquí. Mi mamá me lo dijo tantas veces con sus silencios al teléfono, cuando le pedía las copias de los pasaportes o la partida de matrimonio. Sus labios que desaprobaban solo trataban de asimilar, sin querer admitirlo, que su burbuja segura y cálida estaba colapsando. Otra vez. Mi padre repetía que adoraba a Canadá, con todo y su nieve, como si estuviera aprendiendo una lección de caletre. La guerra, en la que su vida era tan efímera como los pedazos que quedaban tras los bombardeos, los volvieron aprensivos con sus posesiones. Aun así, sonrío con el orgullo de una guerrera que ha vencido, pero que sabe que está por librar otras batallas. Es solo el comienzo; todos los obstáculos salvados son pequeñeces frente a lo que nos viene. Enseñarles a dos loros viejos a hablar un nuevo idioma de paz y tranquilidad, frente a las lecciones de terror y pobreza. Enseñarles que este será su hogar donde podrán respirar a todo pulmón.

De pronto se abren las puertas. Dos mujeres en uniforme de los servicios al cliente del aeropuerto empujan una silla de ruedas cada una. De pronto, me doy cuenta de que son ellos. Mis padres. Dos grumitos irreconocibles de existencia, tablitas gastadas de un naufragio. Mi papá carga un bastón, una barba canosa de días; la camisa le queda grande. Mi mamá, estoica como siempre, lleva ojeras profundas y la procesión por dentro; su cabello siempre en orden luce un poco despeinado como su alma, aunque no ha perdido de todo el glamur. El corazón se me parte con un ruido de llanto. Contengo la respiración, sintiendo que caeré de rodillas, pero Noel me la mano, dándome fuerzas para seguir de pie. They did just fine, me dice una de las mujeres como tratando de bórrame la expresión donde me late la mudez. Más que un silencio, es un agobio de la impresión, es la herida de una turbulencia.

Thank you so much! —logro contestarle como si los hubiesen salvado de un huracán.

Poco a poco, paso del espanto al alivio. Con los puños apretados, los dos viejitos se aferran a sus bolsitos sobre los palitos que son sus piernas. Sonrío con esfuerzo sobrehumano, depositaria de una fuerza que casi no encuentro.

—¡Suegrita! —dice Noel, abrazando a mi madre. —¡Welcome to Canada!

—¡Chief, suegro! ¡Ya parece canadiense, caramba!

Los abrazo como se abraza a un bebé de Biafra. Están más flacos y pequeños de lo que los recuerdo desde su última visita hace un par de años atrás.

Noel empuja el carrito con las maletas bajo la mirada temerosa de mi padre. Se voltea, se remueve en la silla de ruedas.

—¿Qué pasa, papi?

—¿Están todas ahí? —pregunta con ansiedad.

—Si, si, son cuatro. Ya las conté. No te preocupes.

El camino a casa se me hace largo en la madrugada, aunque solo son veinte kilómetros. Mi padre habla interminable, como si todas esas palabras las hubiese tenido atragantadas durante mucho tiempo.

Me alegro de que ya estén aquí. Van a ser felices — les digo como la promesa mayor.

—Ciertamente somos afortunados. Hace casi setenta años llegamos a Venezuela con una maleta cada uno. Ahora, llegamos a Canadá, cada uno con dos.

Escribe tu batalla

Escribir sobre tus experiencias, sobre todo si te han marcado, te ayuda a procesarlas, a entenderlas, a darles un cariz de lección y aprendizaje más que de castigo. Tendrás mejor perspectiva, crecerás y superarás…pero sin la culpa pegada a la vivencia. 

Te lo prometo…

Morir lejos

Ayer, se nos fue el tío Jacobo tras años de vivir bajo la sombra de solo tener seis meses de vida. Había sobrevivido a más de quince asaltos a mano armada, un cáncer que se llevó la mitad de su lengua, y algunos excesos que le dejaron los pulmones desechos y el corazón demasiado grande. Sus peripecias me darían para escribir un libro llamado “Las veinte vidas de Jacobo Javornik” y ciertamente, si pudiera describir al tío Jacobo con dos palabras, sería El Personaje. Su vida estuvo llena de “Jacobadas” que nos hacían reír y, a veces, hasta entornar los ojos; ahora pasarán a ser la colección de las mejores memorias que les contaremos a nuestros nietos. Si bien tuvo sus momentos revoltosos, que a veces no comprendíamos, él vivió a su modo y su familia era lo máximo. Anoche, aun con los ojos hinchados, recordé su chiste sobre la advertencia de su mejor amigo moribundo, que le prometió que vendría a halarle los pies por las noches; en la oscuridad de mi habitación, metí mis pies bajo la cobija, por si acaso se le ocurriese a mi tío hacer lo mismo.

Cuando murieron mis abuelos en Venezuela, nos reunimos en casa de mis padres tras cada funeral. Toda la familia se sentaba en el porche a recordar a los viejos entre risas y llantos, con una caja de cervezas y una sopa de pollo, de esas que levantan a cualquier muerto, menos a los finados. Hoy, nosotros, esa misma familia, andamos esparcidos por el mundo. Los abrazos son virtuales, aunque la tristeza es muy real, pero ello no significa que no podamos recordar las anécdotas del tío Jacobo, su legado, su amor, como lo hicimos con los abuelos. Nuestro grupo de WhatsApp está lleno de fotografías de copas de vino y escocés, brindando por sus cuentos entre risas y llantos, como antes, pero diferente.

Jacobo murió tranquilo y rodeado de su familia, algunos de cuerpo presente, otros desde la lejanía, pero presentes de otra manera. Hoy rezaremos un rosario a través de una video conferencia desde Canadá; no estaremos todos en la funeraria, ni cuando rieguen sus cenizas. Jacobo era un hombre bueno; se evidencia en las lágrimas en España, Panamá, Estados Unidos, Canadá, Venezuela, Eslovenia y Argentina.

Mi tío Jacobo siempre quiso que me dedicara a escribir y que no malbaratara lo que él llamaba mis dones en cosas que no fuesen escribir. Juraba que, si se ganaba la lotería, me regalaría un millón de dólares para que no tuviese que preocuparme de las finanzas hogareñas. No sucedió lo de la lotería, y está bien, pues me dejó mucho más que eso. Y, aquí estoy con su millón de recuerdos, escribiendo y honrándolo, aunque sea de lejos.

Erika P Roostna

Enero 8, 2021

Hallacas en tiempos de resistencia

Mi tía Zazilia vive en Caracas e hizo hallacas. No tantas como antes, pero las hizo. Le llevó meses zanquear un pote de aceitunas, uno de alcaparras y algunas pasas, que guardó con recelo en su despensa como se guarda un secreto. Yo vivo en Canadá y también hice hallacas. Y aunque comprar los ingredientes no fue una odisea, si tuvimos que hacer algunos cambios, pero el resultado fue de muchos recuerdos.

Las hallacas son parte de nuestra Historia oscura, una tradición que nació de los despojos de los banquetes navideños que los españoles durante la Colonia que lanzaban a los esclavos. No ha cambiado mucho nuestra situación, pues el régimen lanza perniles podridos, aceitunas dolarizadas e incomprables y hojas deplorables, a quienes viven en Venezuela como si aún fuesen esclavos. El miedo y el hambre, que se instala en cada fibra del cuerpo es la forma más cruel de dominio, es tener la vida de otro en el puño y apretar un poquito cada vez para enseñar a dejar de respirar. El miedo nos puede volver al vicio de ser arrastrados por el rebaño. Pero para la gente como mi tía Zazilia, nada puede abatir el espíritu navideño.

Y para quienes estamos lejos, la libertad no significa desarraigo…al contrario. Las hacemos en familia, con mucha nostalgia y gratitud. Lejos de Venezuela hemos mantenido nuestras hallacas como una obra de arte y como los curadores más tenaces del museo de la venezolanidad. “Emigrar ha sido un reflejo de preservación, no solo de nuestro ente físico y emocional, sino también de salvaguarda de nuestras costumbres que comenzaban a borrarse, pisoteadas por una filosofía aberrante de poder y sometimiento. Somos portadores de mensajes sobre las andanzas, de los placeres, de las alegrías y de las tristezas, de las venturas y desventuras, de los éxitos y de los fracasos, de los comienzos y los finales, de los misterios de mi vida del inmigrante venezolano y la voz de la tragedia de quienes se quedaron atrás. Está en nosotros conservar aquello bueno que fuimos a fin de reconstruir la patria algún día.” (De La hija de los inmigrantes)

Todos los venezolanos hemos sido capaces de darle la vuelta a esa desgracia y mantrner a la hallaca como la protagonista de nuestra mesa decembrina. En ellas hemos encontrado aquello que nos une. A pesar de la distancia y el terror sistemático hemos resistido y eso, mis queridos, es una lección de resistencia, de supervivencia, de entereza. Una pequeña gran victoria, una suma colectiva de voluntades que creíamos perdidas. ¡Pa’lante es pa’llá!

Diáspora

Fuente: Pixabay

Pronuncio la palabra «diáspora», rodándola lentamente en la lengua, juntando los labios, sintiendo el peso de su significado. Diáspora me sugiere estar sentada en medio de un campo florido de Dientes de León, esas flores amarillas que cunden las praderas y se transforman en miles de semillas aladas que el viento se lleva a alguna parte.  Un extraño tintineo me recorre el cuerpo, como si me reconociera a mí misma como parte de una planta que ha soltado sus semillas al viento.  

La palabra diáspora tiene una musicalidad callada, que lleva en sus entrañas el esfuerzo de ser transportado a otro lugar donde germinar y echar raíces. Lleva toda la memoria de los orígenes, las dudas de donde caer, el miedo de la condiciones idóneas para germinar.  Como semillas somos el origen de algo nuevo, algo bueno. Una nueva forma de pensar, sin resquebrajar nuestro origen, nuestra estirpe y fundamento.  

Diáspora es hacia dónde vamos y de dónde venimos.

Invocando quimeras

Nací en plena democracia, una tarde de octubre de 1.962. Como en un sueño de esos de los cuales uno no quiere despertar. Era la primera generación de inmigrantes nacida en nuestro nuevo país. Yo era la prueba irrefutable de su fantasía hecha realidad: que se puede encontrar la felicidad y la paz, así sea echando raíces al otro lado del mundo. Y afloré a este mundo en un país soberano y libre. Tras la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1.958, Venezuela estaba sanado las heridas tras casi seis años de opresión, y andaba en pleno pacto con su radiante y nueva autodeterminación. El país había retomado a su pacífica forma de respirar; la vida y el futuro parecían seguros.

Volvamos al momento de mi nacimiento. Resulta que también nací días antes de lo que se conoce en los anales de la Historia como la Crisis de Octubre o la Crisis de los misiles. Fue un momento oscuro, cuando la humanidad vivía una de las peores amenazas, una de proporciones bíblicas. Aún no se secaba el concreto del muro de Berlín y Cuba apenas se había declarado como un estado comunista, cuando un conflicto entre los Estados Unidos y a Unión Soviética, se volvió lo más cercano a una aniquilación nuclear total de la humanidad. Chocaron sus doctrinas sobre la autonomía y el control del mundo. Se inició un forcejeo de poder, explotando cualquier oportunidad a su alcance para joder al otro.  Es que parecería que los hombres no se pueden quedar tranquilos, viviendo en paz con sus congéneres. No. Tienen que someter al vecino, hacerlos débiles y dependientes, para regodearse en aquello que los convierte en poderosos y dominantes. Hubo espías y contra espías, hazañas que fueron inspiración para las libros de acción y drama, con la consiguiente película. Norteamericanos y soviéticos, andaban con la pajita en el hombro, mostrándosela al adversario. Con tal de adelantarse al otro, los enemigos usaron a la Tierra como un gran tablero de ajedrez. Los rusos eran buenos en esto de la estrategia del ajedrez; los americanos lo sabían, pero ellos también eran los reyes de la planificación bélica. En fin, los estadounidenses movieron proyectiles a Italia y Turquía como torres y caballos, mientras los rusos buscaron desplegar sus misiles en Cuba como alfiles. Ese incidente fue escalando durante trece días, entre intimidaciones y advertencias, jugadas maestras y ataques donde los peones de la humanidad eran quienes estaban en mayor riesgo del jaque mate. Finalmente, tras momentos de sudor y angustia, con el dedo en el detonador final, los misiles nucleares se regresaron a la Unión Soviética. Si bien ninguna de las dos superpotencias llegaron a la guerra como tal, ambas utilizaron a otros estados como sus laboratorios para campos de batalla, la forma de medir sus fuerzas. Una guerra solapada. Corea, Vietnam y Afganistán. Y Cuba. Una islita a medio camino entre Venezuela y los Estados Unidos, de gente cálida, pero asolada por una revolución trasmutada en dictadura. ¡Quien diría que cuarenta años más tarde, esa islita tendría tanto impacto en una nación tan democrática y grande como Venezuela!

Lo cierto es que todo aquello de lo cual habían huido mis padres parecía haberlos alcanzado de nuevo, aun con el mar de por medio. Quizás en la cuna, a los días de nacida, cuando mi mente era una esponja absorbiendo palabras y gestos que aun no comprendía, pude escuchar a mi madre asustada, a mi abuela llorando o a mi padre y mi abuelo, fruncir el ceño de la preocupación. Esos son los probables pasajes enterrados en el fondo de mi memoria, esa que nos construye las creencia y los dogmas. Quizás estos hechos y las historias de mis padres, me instalaron ese temor al comunismo y su hedor a miedo, antítesis de lo que es el amor incondicional  por la libertad. Y cuando vi que en mi patria comenzó a oler a algo parecido a la opresión, reviví los cuentos que me pertenecían por herencia y a traté invocar las quimeras de mis antepasados de que Venezuela sería un paraíso por siempre, como una medida de contrarrestar mis miedos. Entendí que la libertad es un instinto genético, pues su ideal se transmite de una generación a otra, con algunos incrementos por lo que se va aprendiendo en el camino. La libertad no debe ser una quimera, una fantasía, sino la real capacidad de ejercer nuestros deseos y albedrío, el dominio de nosotros mismos, sin hacerle daño al prójimo y correr con todas las consecuencias de tal acción.

Tuve el privilegio de nacer en libertad y hasta 1.999 fue lo único que realmente conocí. No quería perderla, pues sabía a que sería dificilísimo recuperarla; no es lo mismo patalear antes de que te pongan cadenas a tratar de quitártelas una vez puestas.  Decía Gabriel García Márquez que “… los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga otra vez y muchas veces a parirse a sí mismos”. Ese año comenzaron mis dolores de parto…