Dia 2: país en guerra

«Busqué un solo indicio para quedarme. Venezuela se caía a pedazos sin que yo pudiera hacer nada al respecto, por lo que dejar todo atrás y emigrar se convirtió en mi batalla más sabia. Me atormentaba lo escurridiza que era la democracia, lo desmedida que era la maldad, lo impreciso que era el futuro. Me angustiaba el lavado de cerebros y el secuestro de las almas para el servicio del régimen disfrazado de patria.»

E.P. Roostna

Este es un pedacito de mi libro «La hija de los inmigrantes» que ando escribiendo. En él he vaciado mis recuerdos y mis razones para emigrar de Venezuela. He pintado con palabras a un país que estaba en guerra consigo mismo y nosotros, sus habitantes éramos, sencillamente, peones en un gran ajedrez maligno.

Hoy escribirás sobre cómo era tu lugar, en vías de extinción. No son necesarias las bombas o los ejércitos marchando en los pueblos. A veces, la ignorancia, la pobreza, la falta de educación, la indiferencia también forman batallas arduas y perdidas.

Respira y date permiso para purgar esas memorias. Ten paciencia contigo mismo. Trátate con amor y calma.

Escribe sin editar ni pensar durante 20 minutos para comenzar. Solo deja que tu mano fluya desde tu mente, a través de tu pluma al papel.

Descarga aquí para revelar tu tarea de hoy.

Cuéntame cómo era tu país en guerra.

Palabras que me gustan: Diáspora

“¡Semillas, somos semillas! pensé, levantando la vista. No en balde nos llamaban “diáspora”. Esa palabra me resonaba como pequeñas simientes al viento, buscando caer en mejores tierras para germinar. De pronto, sentí que quienes huíamos de la catástrofe llamada Venezuela, éramos lo más cercano a una bóveda de semillas de nuestra venezolanidad. Emigrar era un reflejo de preservación, no solo de nuestro ente físico y emocional, sino también de salvaguarda de nuestras costumbres que comenzaban a borrarse, pisoteadas por una filosofía aberrante de poder y sometimiento. Éramos portadores de mensajes de las andanzas, de los placeres, de las alegrías y de las tristezas, de las venturas y desventuras, de los éxitos y de los fracasos, de los comienzos y los finales, de los misterios de mi vida del inmigrante venezolano y la voz de la tragedia de quienes se quedaron atrás. Estaría en nosotros conservar aquello bueno que fuimos a fin de reconstruir la patria algún día.

Recordé una frase que había leído en un libro de autoayuda y que me impactó por su sencillez; de alguna forma me regiría la vida de ahí en adelante. Y, esta coincidencia de encontrarme un escrito sobre las semillas y nuestra metáfora de inmigrantes me ayudaría en la tarea de cumplir este ciclo de descubriendo la paz en la ruta de nuestra nueva vida.

Miré a mis hijos ensimismados en la película que comenzaban a proyectar como entretenimiento de vuelo. En los últimos cinco años, todo había conspirado para que nos fuéramos de Venezuela: la visión oscura del futuro, el presente de terror y las historias del pasado de mis ancestros. Pero si los ancestros nos dan historias, los hijos nos dan visiones.

— Florezcan donde los planten— les dije a mis hijos sin esperar que me entendieran en ese momento.

Anoté esas palabras en una pequeña libreta y no volví a escribir nada durante mucho tiempo.”

Pasaje de La hija de los inmigrantes

Cuéntanos: ¿Qué te evoca la palabra «Diáspora»? ¿Qué sientes?

Hallacas en tiempos de resistencia

Mi tía Zazilia vive en Caracas e hizo hallacas. No tantas como antes, pero las hizo. Le llevó meses zanquear un pote de aceitunas, uno de alcaparras y algunas pasas, que guardó con recelo en su despensa como se guarda un secreto. Yo vivo en Canadá y también hice hallacas. Y aunque comprar los ingredientes no fue una odisea, si tuvimos que hacer algunos cambios, pero el resultado fue de muchos recuerdos.

Las hallacas son parte de nuestra Historia oscura, una tradición que nació de los despojos de los banquetes navideños que los españoles durante la Colonia que lanzaban a los esclavos. No ha cambiado mucho nuestra situación, pues el régimen lanza perniles podridos, aceitunas dolarizadas e incomprables y hojas deplorables, a quienes viven en Venezuela como si aún fuesen esclavos. El miedo y el hambre, que se instala en cada fibra del cuerpo es la forma más cruel de dominio, es tener la vida de otro en el puño y apretar un poquito cada vez para enseñar a dejar de respirar. El miedo nos puede volver al vicio de ser arrastrados por el rebaño. Pero para la gente como mi tía Zazilia, nada puede abatir el espíritu navideño.

Y para quienes estamos lejos, la libertad no significa desarraigo…al contrario. Las hacemos en familia, con mucha nostalgia y gratitud. Lejos de Venezuela hemos mantenido nuestras hallacas como una obra de arte y como los curadores más tenaces del museo de la venezolanidad. “Emigrar ha sido un reflejo de preservación, no solo de nuestro ente físico y emocional, sino también de salvaguarda de nuestras costumbres que comenzaban a borrarse, pisoteadas por una filosofía aberrante de poder y sometimiento. Somos portadores de mensajes sobre las andanzas, de los placeres, de las alegrías y de las tristezas, de las venturas y desventuras, de los éxitos y de los fracasos, de los comienzos y los finales, de los misterios de mi vida del inmigrante venezolano y la voz de la tragedia de quienes se quedaron atrás. Está en nosotros conservar aquello bueno que fuimos a fin de reconstruir la patria algún día.” (De La hija de los inmigrantes)

Todos los venezolanos hemos sido capaces de darle la vuelta a esa desgracia y mantrner a la hallaca como la protagonista de nuestra mesa decembrina. En ellas hemos encontrado aquello que nos une. A pesar de la distancia y el terror sistemático hemos resistido y eso, mis queridos, es una lección de resistencia, de supervivencia, de entereza. Una pequeña gran victoria, una suma colectiva de voluntades que creíamos perdidas. ¡Pa’lante es pa’llá!

Invocando quimeras

Nací en plena democracia, una tarde de octubre de 1.962. Como en un sueño de esos de los cuales uno no quiere despertar. Era la primera generación de inmigrantes nacida en nuestro nuevo país. Yo era la prueba irrefutable de su fantasía hecha realidad: que se puede encontrar la felicidad y la paz, así sea echando raíces al otro lado del mundo. Y afloré a este mundo en un país soberano y libre. Tras la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1.958, Venezuela estaba sanado las heridas tras casi seis años de opresión, y andaba en pleno pacto con su radiante y nueva autodeterminación. El país había retomado a su pacífica forma de respirar; la vida y el futuro parecían seguros.

Volvamos al momento de mi nacimiento. Resulta que también nací días antes de lo que se conoce en los anales de la Historia como la Crisis de Octubre o la Crisis de los misiles. Fue un momento oscuro, cuando la humanidad vivía una de las peores amenazas, una de proporciones bíblicas. Aún no se secaba el concreto del muro de Berlín y Cuba apenas se había declarado como un estado comunista, cuando un conflicto entre los Estados Unidos y a Unión Soviética, se volvió lo más cercano a una aniquilación nuclear total de la humanidad. Chocaron sus doctrinas sobre la autonomía y el control del mundo. Se inició un forcejeo de poder, explotando cualquier oportunidad a su alcance para joder al otro.  Es que parecería que los hombres no se pueden quedar tranquilos, viviendo en paz con sus congéneres. No. Tienen que someter al vecino, hacerlos débiles y dependientes, para regodearse en aquello que los convierte en poderosos y dominantes. Hubo espías y contra espías, hazañas que fueron inspiración para las libros de acción y drama, con la consiguiente película. Norteamericanos y soviéticos, andaban con la pajita en el hombro, mostrándosela al adversario. Con tal de adelantarse al otro, los enemigos usaron a la Tierra como un gran tablero de ajedrez. Los rusos eran buenos en esto de la estrategia del ajedrez; los americanos lo sabían, pero ellos también eran los reyes de la planificación bélica. En fin, los estadounidenses movieron proyectiles a Italia y Turquía como torres y caballos, mientras los rusos buscaron desplegar sus misiles en Cuba como alfiles. Ese incidente fue escalando durante trece días, entre intimidaciones y advertencias, jugadas maestras y ataques donde los peones de la humanidad eran quienes estaban en mayor riesgo del jaque mate. Finalmente, tras momentos de sudor y angustia, con el dedo en el detonador final, los misiles nucleares se regresaron a la Unión Soviética. Si bien ninguna de las dos superpotencias llegaron a la guerra como tal, ambas utilizaron a otros estados como sus laboratorios para campos de batalla, la forma de medir sus fuerzas. Una guerra solapada. Corea, Vietnam y Afganistán. Y Cuba. Una islita a medio camino entre Venezuela y los Estados Unidos, de gente cálida, pero asolada por una revolución trasmutada en dictadura. ¡Quien diría que cuarenta años más tarde, esa islita tendría tanto impacto en una nación tan democrática y grande como Venezuela!

Lo cierto es que todo aquello de lo cual habían huido mis padres parecía haberlos alcanzado de nuevo, aun con el mar de por medio. Quizás en la cuna, a los días de nacida, cuando mi mente era una esponja absorbiendo palabras y gestos que aun no comprendía, pude escuchar a mi madre asustada, a mi abuela llorando o a mi padre y mi abuelo, fruncir el ceño de la preocupación. Esos son los probables pasajes enterrados en el fondo de mi memoria, esa que nos construye las creencia y los dogmas. Quizás estos hechos y las historias de mis padres, me instalaron ese temor al comunismo y su hedor a miedo, antítesis de lo que es el amor incondicional  por la libertad. Y cuando vi que en mi patria comenzó a oler a algo parecido a la opresión, reviví los cuentos que me pertenecían por herencia y a traté invocar las quimeras de mis antepasados de que Venezuela sería un paraíso por siempre, como una medida de contrarrestar mis miedos. Entendí que la libertad es un instinto genético, pues su ideal se transmite de una generación a otra, con algunos incrementos por lo que se va aprendiendo en el camino. La libertad no debe ser una quimera, una fantasía, sino la real capacidad de ejercer nuestros deseos y albedrío, el dominio de nosotros mismos, sin hacerle daño al prójimo y correr con todas las consecuencias de tal acción.

Tuve el privilegio de nacer en libertad y hasta 1.999 fue lo único que realmente conocí. No quería perderla, pues sabía a que sería dificilísimo recuperarla; no es lo mismo patalear antes de que te pongan cadenas a tratar de quitártelas una vez puestas.  Decía Gabriel García Márquez que “… los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga otra vez y muchas veces a parirse a sí mismos”. Ese año comenzaron mis dolores de parto…

¿Por qué emigré?

cruz diez maiquetiaMe he hecho esta pregunta muchas veces, buscando las respuestas que le diera paz al instinto de mi decisión.

Emigrar fue un riesgo y una promesa a la vez. Fue la melancolía estéril de quien pierde el piso firme de su tierra, pero también la esperanza de quien recobra su libertad. Con el tiempo he encontrado justificaciones suficientes para haber dejado atrás toda una vida, para inventarme una nueva.

Emigré cuando las circunstancias políticas, el dinero mal habido y el poder volvieron a Venezuela pequeña, extraña y patética, individual y mezquina. Emigré cuando caí en cuenta que los líderes de oposición eran los propios Judas, que nos vendieron tras bastidores, pactando con el régimen en los negocios corruptos que ellos tanto denunciaban. Emigré harta de enfrentarme a los minotauros de laberintos leguleyos y corruptos de tramitar cualquier simple documento.

Emigré cuando se me trabaron las palabras al explicarle a mis hijos lo que era ser un buen ciudadano, mientras la realidad de la calle les enseñaba todo lo contario.

Emigré cuando temí que se me enredara la mente con los discursos eternos del tirano sobre una revolución de la que no quise ser parte. Emigré cuando me impusieron a Cuba como ejemplo del único camino cierto, en lugar de establecer los de cultura, educación y bienestar.

Emigré cuando mis compatriotas guerreros se entumecieron, esperando pasivos, los resultados de las siguientes elecciones, o peor, intercambiando ingenuas opiniones sobre la certeza de que los gringos vendrían a salvarnos y no permitirían que Venezuela se convirtiera en otra Cuba.

Emigré cuando nuestras playas, llanos, tepuyes, médanos y sierras no fueron suficiente excusa para quedarnos , porque la belleza no vale nada si está teñida de la muerte.

Emigré para que no murieran mis porfiados ideales de libertad; cuando la inseguridad y el desconsuelo se volvieron tan cotidianos como la arepa, y cuando llegué a la conclusión que era mejor el cruento frío del invierno que el de la morgue.

Emigré cuando despertaba todos los días sin un sueño, temiendo no tener país, con el terror de un golpe de estado… o a veces, esperando que sucediera de una buena vez.

Emigré cuando tuve la certeza que el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar era  la única salida posible…

Tormentas y epifanías (extracto)

tormentaLa hija de los inmigrantes. Extracto del capítulo «Tormentas y epifanías»

Mientras yo estaba anidada en la seguridad de mi paraíso, al otro lado de la ciudad, un indigente dormía acurrucado con su perro callejero bajo la estatua de Simón Bolívar, y Mirta malviviendo en su mundo de cartón y lata, abría una lata de sardinas que se llevó de mi casa y la rendía con tomates para rellenar las arepas para sus cinco hijos.

Esa noche cantaron los grillos y volaron murciélagos, como si fuesen demonios retumbando en mi almohada. Eran demasiadas emociones amazacotadas con las cuales bregar. Mi mente ultra analítica y precavida, no lograba darles un orden para abordarlas y resolverlas. Quizá la más perentoria, fue haber dejado que una analfabeta como Mirta me abucheara en mi propia casa, en mi propia cara. La maldije mil veces. Pero de esa rabia y vergüenza surgía otro afán inaplazable. Uno que no podía evitar sentir: algo estaba cambiando y yo no sabía qué era, ni cómo controlarlo. El grifo del baño resonaba con su eco de gotas lejanas, sin que yo tuviera fuerzas para levantarme a cerrarlo. Las sábanas crujían suaves y a la vez, ensordecedoras. Fuera de mi ventana, la urbanización estaba serena pero el estruendo del insomnio solo lo escuchaba yo. Tras horas de batallar en favor de mis sueños, me rendí de puro cansancio. Amaneció y la luz cálida de la mañana se encargó de borrar el recuerdo de una mala noche.

No fue casualidad que, años más tarde, me topara con una cita de Haruki Murakami en su libro Kafka en la orilla; un pasaje que pasaría a ser mi mantra de vida, mi lección más dura, mi iluminación más pura: “Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta.”

Irremediablemente, yo había comenzado a ser otra persona, aunque todavía no lo sabía pues habría de capotear unas cuantas tormentas más.

Guía para decir adiós…

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«Habíamos despegado; nuestro tiempo aquí había acabado. Quedarnos ya no era una opción. Miré por la ventanilla del avión y ví a Venezuela volverse pequeña hasta que no fue  más que un punto lejano. Con el sinsabor de la despedida, supe que no tenía esperanza de verla crecer de nuevo. Me despedí de ella en silencio, con la reverencia que se le tiene a un muerto muy querido»

Guía para decir adiós/ La hija de los inmigrantes

Verdad incómoda

cadenas venezuelaCon el paso de mis años me ha resultado claro que en Venezuela la libertad se ha confundido con hacer lo que nos venga en gana. Libertad no es libertinaje. La libertad se busca, se defiende y se atesora. Pero, lo más importante es que no consiste en hacer lo que se quiere, sino en hacer lo que se debe.

Somos libres en la medida en que reconocemos la humanidad y dignificamos la libertad de quienes nos rodean. Somos libres en la medida en que aprendemos a disentir con respeto y sin juegos de poder.

Mirando atrás, a los venezolanos nos ha costado muy poco caer en las falsas ofertas de lo malo,  irremediablemente atraídos a lo fácil, lo que nos resuelva el momento, sin  asumir responsabilidades ni deberes. En ese facilismo populista, nos volvimos unos inválidos de mente y corazón, aceptando que nos pisotearan a cambio de no hacer nada.

Hay muchas cadenas que romper…

Toronto, 2018

Nos acostumbramos

Cada lunes sucedía lo mismo. Las noticias en Globovisión eran cada vez más horripilantes; un infierno que no se amansaba y ponía a prueba mi capacidad de asombro y coraje. Todos los días eran de primicias, pero los lunes eran la real medida de la situación del país. A primera hora en un ritual, se reseñaban las muertes violentas ocurridas durante el fin de semana como si fuese un parte de guerra. Atracos, secuestros, violaciones, disputas entre pandillas de barrio. Como en un bingo se cantaban las cifras de muertos. Ochenta y cinco, noventa y dos, ciento seis. Siempre me preguntaba si no había asesinatos en otros momentos, pero la gente estaba más expuesta durante las fiestas y rumbas del fin de semana. No solo eran los muertos, sino también las operaciones comando que llegaban a un restaurant y atracaban a quienes estaban cenando algún sábado en la noche. Y cuando uno escucha el mismo cantar, la inmunidad se vuelve una válvula de escape. Una tendencia irremediable. Ni siquiera eran cifras oficiales, pues las autoridades permanecían indolentes, envueltos en un manto de pasividad. Los periodistas se paraban en la puerta de las morgues y contaban cada cuerpo envuelto en sábanas que bajaban de las camionetas policiales. Los anotaban en una lista que luego se intercambiaban y transmitían. Cadáveres sin rostro y ya sin alma. Como una imbécil, me sentaba ante el televisor en una costumbre medio masoquista y morbosa, como viendo a un reloj de arena vaciarse. ¿Que por qué lo hacía? No recuerdo si es que pensaba que, en esa necesidad de estar informada, de alguna misteriosa forma ayudaría a solucionarlo. El problema era que no sabía cómo. No disponía de mecanismo alguno para actuar en la catatonia en la que me hallaba y las noticias solo servían para profundizarme la depre. Apagaba el televisor agotada y triste, aunque los muertos me fuesen lejanos. Un lunes sucedió una sorpresa: la cifra fue de setenta asesinatos.

― ¡Guao! Estamos mejorando― llegué a susurrar casi aliviada.

Me paré en seco al escucharme tan desubicada y hasta grotesca ¿Cómo podía alegrarme por tal situación? Eso setenta cuerpos eran víctimas de carne y hueso convertidas en meros números, humanos despojados de su condición real, reducidos a una masa abstracta. ¡Una sola muerte era demasiado! En ese instante temí estarme volviendo fría e inconmovible. Temí mi recién descubierto desapego, pero era más letargo que frialdad, pues no sabía cómo procesar tanto dolor. En el fondo, temí acabar muerta en manos de algún malandro y que a nadie le importara. Solo entonces me paré a rebobinar y pensar que estaba entrando precisamente en el juego del tirano.

Me estaba acostumbrando. Y cuando uno se acostumbra, se jode.

 

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