Ahora somos mujeres

 

Lourdes1

“Como una promesa, eres tú, eres tú”
Mocedades

La casa está en silencio. La nieve es inminente. En el fondo la música de piano. Ando nostálgica. Abro el recién estrenado chat de las niñas del Colegio Nuestra Señora de Lourdes. Sonrío. “Amigas X100pre”, nombre perfecto pues somos las mismas. Las de antes. ¡Cuarenta años no son nada!

Crecimos juntas, pero la vida nos separó. Hoy doy gracias a Dios que la tecnología nos ha vuelto a unir, aunque estemos regadas por el mundo. En una periquera virtual van apareciendo en la pantallita de celular fotos, mensajes y corazones. Sobre todo, memorias. Me tengo que poner los lentes. Más flacas, más gorditas, canas al aire. Todas fabulosas. Algunas ya son abuelas. Fotos viejas, fotos de los hijos, de los nietos, pero aun parece que vestimos el jumper azul marino y las medias dobladas hasta los tobillos, estrenando las piernas recién afeitadas por primera vez, con o sin permiso de mamá.

Me llegan invariablemente a la mente algunas canciones de Mocedades. Somos las promesas hechas realidad. Paseo por los pasillos del colegio con sus pisos de granito pulido. Me parece ver a las monjas, con sus camisas blancas y faldas de drill azul, un sencillo crucifijo al cuello, pioneras en quitarse el velo. Nos enseñaron el valor de la disciplina y el bordado, con un esbozo de rebeldía. Nos dieron el tesoro de la amistad. También aguantaron la tormenta colectiva de nuestras hormonas desbordadas. Las imagino en su habitación por las noches. Tras rezar por nosotros, sacarían una carterita de vino de consagrar y se fumarían el cigarrillo que nos habían confiscado en el caney, donde queríamos crecer, pero jugábamos la Ouija, como un desafío o solo por pasar el recreo.lourdes2.jpg

Desafiábamos todo. Desafiábamos el mundo que nos protegía. Quizás así aprendimos a ser guerreras y decididas. Como la mayor aventura, cruzábamos la avenida Bolívar y nos encontrábamos con los enamorados en El Cubanito. Nos tomábamos una merengada con sabor a peligro, que no era tal. El castigo: paradas a pleno sol en el patio bajo la mirada benevolente de la Virgen de Lourdes. No importó mucho, pues pronto dejaríamos de ser vírgenes.

Cada una nosotras, es un universo de  historias encapsuladas dentro de nosotras mismas. Estamos hechas de pequeñas y grandes derrotas, como un collar de espinas, pero las fotografías de parejas, hijos y nietos son prueba de ser las victorias mayores ¡Cuánta sabiduría junta! ¡Cuánta verdad cotidiana! ¿Se habrán cumplido sus sueños que compartíamos sentadas a la sombra de los árboles de mangos? ¿Las habrán traicionado? ¿Habrán amado a otro? ¿Seguirán enamoradas en secreto de los muchachos que visitaban el colegio? Algunas ya no están, pero quiero creer que están aquí, solo que, en otra dimensión, porque también son un recuerdo, y recordarlas es nuestra mejor forma de rendirles tributo. Algunas siguen en Venezuela. ¿Qué las motivo a quedarse? ¿Esperanza o miedo? Otras nos fuimos de nuestro terruño. ¿Qué nos motivó a irnos de Venezuela? ¿Esperanza o miedo? Parece que a fin y al cabo, las razones para decisiones diametralmente opuestas son las mismas. Además, son dos sensaciones también opuestas y sin embargo conviven en un mismo ser.

Leo el chat con una mezcla de nostalgia con felicidad, pues a veces, el límite entre ambos se borra y se convierten en una sola luz. La vida nos ha puesto donde debíamos estar, y ha sucedido como debía suceder. Éramos niñas; ahora somos mujeres. Aunque el tiempo nos ha traído arrugas, canas, kilitos, hijos, nietos y distancias, hay amores que permanecen invariables. El amor de las hermanas de adolescencia.

Las quiero mucho,
Erika

¿Por qué emigré?

cruz diez maiquetiaMe he hecho esta pregunta muchas veces, buscando las respuestas que le diera paz al instinto de mi decisión.

Emigrar fue un riesgo y una promesa a la vez. Fue la melancolía estéril de quien pierde el piso firme de su tierra, pero también la esperanza de quien recobra su libertad. Con el tiempo he encontrado justificaciones suficientes para haber dejado atrás toda una vida, para inventarme una nueva.

Emigré cuando las circunstancias políticas, el dinero mal habido y el poder volvieron a Venezuela pequeña, extraña y patética, individual y mezquina. Emigré cuando caí en cuenta que los líderes de oposición eran los propios Judas, que nos vendieron tras bastidores, pactando con el régimen en los negocios corruptos que ellos tanto denunciaban. Emigré harta de enfrentarme a los minotauros de laberintos leguleyos y corruptos de tramitar cualquier simple documento.

Emigré cuando se me trabaron las palabras al explicarle a mis hijos lo que era ser un buen ciudadano, mientras la realidad de la calle les enseñaba todo lo contario.

Emigré cuando temí que se me enredara la mente con los discursos eternos del tirano sobre una revolución de la que no quise ser parte. Emigré cuando me impusieron a Cuba como ejemplo del único camino cierto, en lugar de establecer los de cultura, educación y bienestar.

Emigré cuando mis compatriotas guerreros se entumecieron, esperando pasivos, los resultados de las siguientes elecciones, o peor, intercambiando ingenuas opiniones sobre la certeza de que los gringos vendrían a salvarnos y no permitirían que Venezuela se convirtiera en otra Cuba.

Emigré cuando nuestras playas, llanos, tepuyes, médanos y sierras no fueron suficiente excusa para quedarnos , porque la belleza no vale nada si está teñida de la muerte.

Emigré para que no murieran mis porfiados ideales de libertad; cuando la inseguridad y el desconsuelo se volvieron tan cotidianos como la arepa, y cuando llegué a la conclusión que era mejor el cruento frío del invierno que el de la morgue.

Emigré cuando despertaba todos los días sin un sueño, temiendo no tener país, con el terror de un golpe de estado… o a veces, esperando que sucediera de una buena vez.

Emigré cuando tuve la certeza que el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar era  la única salida posible…